Estamos rodeados de gente y sin embargo con cierta frecuencia hay quien se siente solo. Basta darse una vuelta por los hogares, los trabajos o las residencias.
A poco que entremos en las casas descubrimos verdaderos cementerios destrozados por el efecto de una soledad no deseada; propiciada por quienes no supieron cuidarse y amarse mutuamente: hijos que apenas visitan a sus padres, esposas que humillan a sus maridos, esposos que maltratan a sus mujeres, hijos que tratan con la punta del pie a sus padres, padres que utilizan como pelotas de ping pong a sus niños, familias rotas, bloqueadas por cuestiones económicas… O descubrimos directamente un ir aguantando hasta que la vida se encarga de poner dolorosamente e irremediablemente las cosas en su sitio como si se tratase de una vela con apenas luz y que irremediablemente se derrite.
No hace falta salir en televisión para mostrar nuestras miserias para que alguien nos socorra; lo único que hace falta es que todos sin excepción, estemos pendientes del vecino, del amigo, de tu padre o tu madre. De tu hermano. Pretendemos vivir felices. Y la felicidad se nos escapa entre los dedos, como si de agua se tratase. Jesús de Nazaret sentenció: “no hay mayor amor que el que da la vida por los amigos”.
Escucha Palabras para la vida, el programa del jueves 27 de septiembre : "Soledad y amor"
