El marxismo nunca fue un proyecto político sino una religión sin Dios, una implantación natural del paraíso en la tierra mediante la transformación de los hombres en ángeles.
Ha muerto en el trascurso de una siesta. Insólita manera de despedirse quien ha vivido sobre la chimenea de un volcán. Con Santiago Carrillo desaparece uno de los comunistas más sensible a la oxidación que sufren las ideas con el roce del tiempo.
En los albores del siglo XX Carrillo aún era un monje neófito de la amalgama político religiosa transmitida por Marx y sus discípulos. En la juventud practicó de intransigente guerrillero al servicio de esa especie de “buena nueva” que había de transformar a los hombres en benéficos y solidarios. Sólo se necesitaba –y Carrillo lo predicó con el mayor entusiasmo- una pasada larga y pedagógica por la dictadura del proletariado. Porque el marxismo nunca fue un proyecto político sino una religión sin Dios, una implantación natural del paraíso en la tierra mediante la transformación de los hombres en ángeles. Lo había dicho el poeta Gradov: “todos estamos interesados en el bien de cada uno y cada uno en el bien de todos los demás”. Carrillo lo creyó a pie juntillas y asumió que cualquier cosa sería válida –fuera la que fuera- para conseguir este final de rosas. Ya en la madurez, comprendió que entre los seres humanos y el “bien” hay una barrera de algo inmaterial y persistente que se llama egoísmo.
Fue cuando, junto a otros dos neo marxista, Enrico Berlingüer y George Machais, bajó de las nueves y propuso algo no del todo bien definido llamado Eurocomunismo mucho más modesto en sus caminos y metas . O sea, una especie de apaño para salir por la tangente. A partir de entonces y tras la demolición del telón de acero, Carrillo ha vivido en tierra de nadie. Su biografía es apasionante; toda la historia de un fragmento sustancial de la humanidad sintetizada en su persona. Carrillo es una alegoría. Carrillo palpa, deduce, que el ser humano necesita ser cambiado pero observa que el sistema que tiene entre manos no lo consigue.
¿Habrá dado con la clave en el momento final? ¡Quien sabe! No sé si queda algún carrillista vivo pero merecería la pena hacerles comprender antes de la última siesta que solo Jesús es el Señor, que Él puede cambiar eso que algunos suelen llamar “el ser natural” de los hombres. ¡Ah, y que Jesucristo no tiene alternativas!
