Hoy por hoy, citando lo universal y con imparcialidad plena, digo que sólo una voz de resonancia mundial grita paz y señala caminos para conseguirla: respeto mutuo e intención de concordia.
La economía ocupa la mente y el mismo corazón de los españoles. No podía ser de otra manera. El ser humano es una realidad encerrada “en un hoy” que espera “mejores mañanas”. Son pensamientos de Quevedo, importante poeta-filósofo que ha pasado a la posteridad injustamente convertido en una especie de bufón cortesano.
Pero para esperar sin desesperar, se precisa esperanza. No es un trabalenguas, sólo la constatación de una realidad humana; la que señala a la esperanza como camino de subsistencia, las personas necesitamos pensar auroras mejores para seguir existiendo. Sin embargo, ocurre por estos días que tanto en el horizonte universal como en el doméstico sólo aparecen negruras. Es cierto que un simple triunfo futbolero es capaz de señalar chispas en la niebla pero son eso, lucecillas para adormecer. Hoy por hoy, citando lo universal y con imparcialidad plena, digo que sólo una voz de resonancia mundial grita paz y señala caminos para conseguirla: respeto mutuo e intención de concordia. Me refiero, como puede suponerse, al Papa.
El mundo ha entrado en una espiral de maldad que alcanza a toda la Tierra. No existen paisajes próximos y lejanos; sólo hay una expectativa, la que impone la razón guiada por el espíritu: «Bienaventurados los pacificadores porque serán llamados hijos de Dios». Y en esta tierra nuestra de espléndida civilización, supuestamente la más racional y dialogante de todos los tiempos, se gasta mucho más en misiles que en pan. Pasa eso cuando el diálogo se transforma en fanatismo. Nadie ha existido jamás más antifanatismo que el Señor Jesús. Él dijo que la ley estaba hecha para el hombre; no al revés. La ley, todas las leyes, están compuestas para promover la convivencia. Especialmente aquellas que de acuerdo con algún grupo religioso se consideran emanadas de la divinidad.
Ayer mismo, un Mufti apoyó con palabras contundentes las llamadas del Papa. ¡Ah! Un Mufti es un maestro de la ley coránica. Otro, un eminente político, aseguro que el actual equilibrio que, a duras penas, consigue el mundo, puede romperse en cualquier momento. Por ejemplo en Siria. Los dos tenían razón.
