Es de todos conocida la frase: “un santo triste, es un triste santo”. Aplicándola a la vida diaria, esta máxima nos permite deducir que los que nos movemos en el campo de la fe tenemos que vivir la situación actual de una forma positiva.
No podemos caer en el juego de culpabilizar a todo bicho viviente y buscar cabezas de turco por todas partes. No vivimos en una sociedad de “buenos y de malos” y del “tú más”.
Hace unos días me encontraba con una madre de familia que estaba a punto de caer en la depresión por causa de la situación laboral de su marido. Se acercó a mí, en un momento en que estoy a punto para tomar “prozac” por la situación que me rodea, Después de respirar fuertemente varias veces, tomé la determinación de animarla y hacerle ver la diferencia entre lo esencial, lo importante y lo accesorio. Se enjugó las lágrimas y me dio las gracias. Lo curioso del caso es que yo también me sentí mejor y apliqué mis “sabios consejos” a mí mismo. Mano de santo.
Estimo que los cristianos tenemos que hacer gala de las frases de Santa Teresa: "Quién a Dios tiene nada le falta". "Animarnos los unos a los otros y dar ejemplo de comprensión y de perdón". La otra actitud “ya la tienen los gentiles”.
No tengáis miedo, nos dice Jesús de Nazaret. Animaos mutuamente, nosotros podemos. Hemos salido de peores situaciones.
