El décimo aniversario del ataque a las torres gemelas ha provocado una especie de recordatorio político casi universal.

Después de las torres

Hay tendencias. Creo que más tendencias que opiniones objetivas. Era de suponer. Los seres humanos somos muy dados a parcelar el tiempo, dividirlo en tramos, para no perdernos en su inacabable inmensidad. Y diez años dan pie para una efemérides “redonda”.

Ya digo, se han dado todo tipo de versiones y supuestos. Atraído, quizá, por lo acuciante de nuestra actual crisis, he fijado especial atención en el aspecto económico. O sea, en los gastos generales que, según se informa, millón arriba o abajo, ha traído consigo aquel verdadero genocidio. Unos dos mil billones de dólares (con b). Me refiero, claro, a las dos guerras subsiguientes: Irak y Afganistán. La segunda aún continúa sin que se haya conseguido reducir considerablemente el núcleo duro islamista talibán. En cuanto a la primera, la irakí, el mismo Papa, Juan Pablo II, aseguró que no existían pruebas suficientes sobre la hipotética existencia de armas de destrucción masiva en ese país. Y así fue, conviene recordarlo.

Pero volvamos a las cifras; a la elocuencia escalofriante de los números. No hace falta mucha imaginación para recalar, como en sueños, por las angosturas del llamado "tercer mundo" y sacar conclusiones. Tampoco es difícil repensar los millones de personas que padecen la indignidad del paro aquí en nuestra zona; los que sufren… No quiero dramatizar. Y conste que, cuando se piensa en lo caro que resulta matar, no queda más remedio que advertir lo mucho más barato que sale vivir. Y eso sí es un auténtico drama. Muy pocos han echado las cuenta. Gheorgiu, el inolvidable autor de la “Hora 25”, escribía: «quien mata a un ser humano, en realidad destruye a toda la humanidad porque el hombre es siempre singular». El Génesis enseña que Dios creó los animales, en plural. De la mano del Dios creador salió todo en cantidad, pero cuando llegó a la persona hizo “un hombre” “una mujer”.

Hay en Dios una singularidad creadora en relación con la humanidad. En esta época donde todo se justiprecia con visión de mercado, es evidente que resulta más caro matar que “dar de comer al hambriento”. Parece una pesadilla, ¿verdad?