Sanchez Gordillo quiere que el mundo sea una especie de Marinaleda en permanente emergencia donde a nadie le toque la lotería.
Sánchez Gordillo pasará a la Historia. No sé si a la general de España o a la que, sometida a los acontecimientos del día a día, se diluye en la intrascendencia de lo periodístico. O sea, en los sótanos de los edificios oficiales, llamados hemerotecas. Allí los periódicos amarillean sin remedio.
Han existido muchos Gordillos. Nadie ignora, por ejemplo, los episodios de la Revolución Francesa; muy pocos recuerdan a un personajillo insignificante llamado Graco Babef, que, en las postrimerías de las convulsiones sociales, denunciaba a los “traidores” que se acercaban a Napoleón. Terminó en la cárcel, claro. Siempre ha sido así; cambia la decoración, pero los actores son inalterables.
La oleada humana es una tormenta marinera que se riza mansurrona en el amanecer de cualquier playa. Sanchez Gordillo quiere que el mundo sea una especie de Marinaleda en permanente emergencia donde a nadie le toque la lotería. Quiere que no haya Bancos mientras quede gente sin cenar y que existan supermercados que no cobren por los garbanzos y… ¡qué se yo!
Todos los que lloran a los pies de la injusticia han sentido la necesidad de cambiar el mundo o, al menos, el trozo en el que les ha tocado vivir. Los pioneros del comunismo, en el que milita Gordillo, anunciaron, a tiro limpio, la aurora de otra humanidad. No han tenido coartada durante setenta años. El panorama actual no puede ser más contrario al de aquella esperanza. Sólo uno puede cambiar al hombre y, tras el hombre, al mundo. El Señor Jesucristo. Él es Dios. No es una afirmación gratuita sino una realidad palpitante. Cuando el Amor de Dios entra en el alma, la gran Revolución se ha puesto en marcha. Sólo entonces.
