Las palabras de Jesús “dejad que los niños vengan a mí que de ellos es el reino de los cielos” resuenan como una llamada de atención para que cuidemos con todo el esmero posible la educación de los hijos. La acogida, el amor harán que los hijos crezcan «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres».
La Iglesia está al servicio de la familia sosteniendo, iluminando, ayudando: “La Iglesia, consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, quiere hacer sentir su voz y ofrecer su ayuda a todo aquel que, conociendo ya el valor del matrimonio y de la familia, trata de vivirlo fielmente; a todo aquel que, en medio de la incertidumbre o de la ansiedad, busca la verdad y a todo aquel que se ve injustamente impedido para vivir con libertad el propio proyecto familiar“(FC 1). Palabras de ánimo y esperanza en el inicio de un nuevo curso que nos recuerdan la importancia y la urgencia de la educación de los hijos para que puedan descubrir su vocación en la búsqueda del bien, de la verdad y de la belleza. Educar en la verdad, amar a los hijos de manera que puedan descubrir su dignidad y la vocación a la que han sido llamados.
Las palabras de Jesús “dejad que los niños vengan a mí que de ellos es el reino de los cielos” resuenan como una llamada de atención para que cuidemos con todo el esmero posible la educación de los hijos. La acogida, el amor harán que los hijos crezcan «en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres». No se trata de limitar la libertad sino de educar en la verdad, de construir la persona en su fundamento. Aunque las dificultades son evidentes no hay que dejarse llevar por cierto espíritu de derrota que anida en algunos padres, sino buscar desde la confianza nuevos caminos para llevar a cabo esta “pasión educativa”, que no consiste tanto en técnicas o en ideas, sino en acompañar día a día a nuestros hijos.
