Los presuntos crímenes de Córdoba han conmocionado a la opinión pública española. Es que aportan rasgos de crueldad tan singulares e insólitos que los convierten en auténtico paradigma de la maldad.

La maldad

Dos niños pequeñitos con una imagen capaz de despertar sentimientos de ternura en los más insensibles y endurecidos, han sido, supuestamente, asesinados por su propio padre. Como tantas veces, el “guión” de lo cotidiano es capaz de superar la imaginación del más enloquecido autor de terror. Se han dado opiniones de todo tipo: periodistas de tertulia, siempre imaginativos e inagotables, sociólogos, sicólogos…

Y, como en otras ocasiones, expertos en el cerebro humano han declarado que el presunto asesino no es un perturbado sino alguien normal movido por inclinaciones especialmente malvadas o, si se quiere, deseos de hacer daño a un tercero. Hubo un siquiatra, al parecer de no mucho relieve, cuyo discurso me llamó la atención. Lo transcribo literalmente: “es que la maldad existe. Muchas veces se nos olvida que, con independencia de lo que haya aportado la siquiatría moderna al conocimiento de lo humano, que ha sido mucho, la maldad existe”. Nada más verdadero. La maldad no se deja clasificar, ni definir pero está presente. La maldad es una senda que configura los caminos del hombre cuando éste se deja llevar por sentimientos perversos. Quisiera recordar unas palabras de San Pablo: “Pobre de mí que aquello que quiero no hago y lo que aborrezco eso hago. ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias doy por Jesucristo!”.

Hace ya muchos años que la humanidad se encumbró, creyó que no necesitaba a Dios. Quiso liberarse de la senda del amor que es, al fin, la felicidad real del hombre. Ahora muchos e importantes pensadores coetáneos contemplan la muerte de las grandes ideologías que buscaron el amanecer de una nueva humanidad. Hay oscuridad y la maldad no ha desaparecido de la Tierra.