Era un hombre sencillo, pero jamás perdió el andar pausado de su padre –una especie de lord inglés en el exilio que nos enseñaba a los niños fotografías de países lejanos y la primera radio de galena que vi en mi vida– y la capacidad de decirte las cosas con firmeza y sabiduría.
Ha fallecido mi amigo Juan González Arrabal. Los que compartieron con él las tareas evangelizadoras le llamaban cariñosamente “Juanini”, en aras de su menguada figura de sus tiempos de seminarista. En mi entorno, le llamábamos “Juanito”. Compartimos con él la etapa de su vida en que vivía en el desaparecido Pasillo de Santo Domingo 6. Su familia ocupaba el primero y la mía el segundo. Participamos de su vida de seminarista, de su ordenación y, posteriormente, de toda su vida pastoral. Era el cura de la familia; no se perdía un bautizo, comunión, boda, o auxilio espiritual; primero de nuestros padres, luego de nosotros, después de nuestros hijos y ha bautizado a alguno de nuestros nietos.
Juanito era un cura sencillo, de sonrisa constante, de homilías cortas, claras y esperanzadoras. Sabía compartir una cervecita –ay, aquellos tiempos de “Los culitos”-, era un viajero impenitente junto a su compañero y amigo Miguel Rojo, que también se quedó por el camino. Era un hombre sencillo, pero jamás perdió el andar pausado de su padre –una especie de lord inglés en el exilio que nos enseñaba a los niños fotografías de países lejanos y la primera radio de galena que vi en mi vida– y la capacidad de decirte las cosas con firmeza y sabiduría.
Ya no oiremos la frase “tenemos que llamar a Juanito” ante cualquier acontecimiento familiar. Pero él siempre estará junto a nosotros desde el cielo, donde se seguirá riendo de la vida. Como en aquél funeral de tres curas puestos en fila que él comentaba como anécdota. Le echaremos de menos.
