Una parte del mundo, la del colesterol, parece que no necesita a Dios. Dios no le hace falta. Pero es cierto que un frío tremendo la cruza de extremo a extremo. La tecnología no acierta a cubrir la inmensa complejidad del hombre.
Curiosa estadística la que acaba de aparecer en muchos medios informativos: "Crece el ateísmo de manera generalizada en todo el ámbito cultural del llamado mundo desarrollado".
Sin embargo, esta afirmación global, real sin duda, tiene un matiz nada desechable. El número de creyentes disminuye en sentido inverso a la riqueza del país encuestado. O sea, a mayor poder económico, menor religiosidad. ¿Por qué? Supongo que habrá muchas respuestas. Me atrevo a proponer una como la más influyente. El deseo de Dios está en relación directa con la necesidad que el ser humano sienta de amparo y protección. Es decir, cuando se percata de su debilidad. La pertenencia a un mundo que, al menos en apariencia, pose la capacidad de cubrir todas las demandas materiales humanas fortalece esa indefinible dimensión enraizada en el alma que se conoce como soberbia. Hemos vencido al hambre. Nadie se pregunta cómo lo hemos logrado; simplemente sabemos que, en ese sentido, nuestros problemas se centran en la obesidad y el colesterol.
A partir de ahí, una inmensa torre de Babel cubre el horizonte de necesidades que, hasta hace poco, ennegrecía la inmediatez de nuestros abuelos. ¿Para qué Dios? ¿Es útil Dios? ¿Más o menos que el átomo? Fueron preguntas de los pensadores utilitaristas –de Williams James, por ejemplo– cuando amanecía el siglo veinte. Bien, una parte del mundo, la del colesterol, parece que no necesita a Dios. Dios no le hace falta. Pero es cierto que un frío tremendo la cruza de extremo a extremo. La tecnología no acierta a cubrir la inmensa complejidad del hombre. Hay un llanto latente, un creciente malestar que no acaba de encontrar alternativas al Dios olvidado. La simple extensión de la soberbia no alcanza a llenar el vacío del Amor.
