En cada uno de los grupos en los que he tenido un mínimo de poder decisorio he intentado, y a veces conseguido, proclamar la figura del ángel del grupo; aquella persona que pone su empeño en hacer la vida más fácil a los demás.
No se agota mi capacidad de sorpresa ante la autocomplacencia y el desparpajo con el que se despachan muchos de los que van como “enterados” a la tele.
Los telediarios están llenos de malas noticias. Los programas que se cubren bajo el nombre general de “realitys” reflejan cada día lo peor de nuestra sociedad.
Por ello me he empeñado, con más voluntad que éxito, en resaltar las circunstancias agradables y edificantes con las que me voy encontrando a lo largo de mí deambular por el mundo. Hoy les voy a hablar de un hijo.
El martes se dispararon todas las alarmas. Unos piratas informáticos dominaban las redes. Recordé la frase escuchada al vuelo: “Eres más largo que un día sin “WhatsApp”.
Se ha puesto de moda esta frase como colofón del discurso que se expresa cada vez que alguien pretende rendir un homenaje o un recuerdo a algún fallecido.
Esta frase hecha se corresponde con una realidad. No hay más que poner a prueba tus recursos, dar rienda a tu capacidad de riesgo y pensar un poco en los demás para encontrarte más solo que la una.
Un número redondo. Pero con un profundo significado para mí y para mi entorno. Es el último eslabón de una cadena iniciada en 1959 y que ha significado un hito incomparable en la Iglesia de Málaga.
Estamos en fechas de “comuniones”. Miles de niños y niñas de alrededor de diez años van a culminar un proceso de preparación de tres cursos con la celebración llena de pompa y boato de su “PRIMERA COMUNIÓN”.
Dice la Wikipedia que el Sexmo es “una barriada de Cártama (Málaga), España. Se encuentra a las afueras de esta, a medio camino entre el pueblo y Santa Rosalía. Dista unos 16 kilómetros de Málaga capital hacia el oeste”.
El trece de marzo se cumplieron cuatro años de la llegada al solio pontificio de ese argentino, jesuita, sencillo, con unos viejos zapatos y sin ninguna ambición, que ha traído a la Iglesia ese aire nuevo que buscaba Juan XXIII con la puesta en marcha del Concilio Vaticano II.
Menos mal que aun no he perdido mi capacidad de asombro. Cada día se me presenta la oportunidad de admirarme ante la ilimitada capacidad del ser humano. Aunque se trate de un “mayor”.
Supongo que todos los seguidores de este “segmento de plata” conocen suficientemente el pasaje evangélico que recoge el comentario de Jesús ante la escena que presencia en vivo y en directo.
Los mayores sentimos más el frío. Quizás nos movemos menos. Quizás hacemos menos ejercicio. Quizás nuestros órganos están cansados o atrofiados. La realidad es que nos convertimos en témpanos rápidamente. El alma, a veces, también se enfría.
Cada vez que entro a un templo cualquier domingo y me encuentro con una escasa asistencia, integrada casi por completo por personas mayores, me siento culpable de no haber sabido transmitir los valores de la comunidad a esta generación.
Antonio Pelayo, premio especial “Bravo” de la conferencia Episcopal Española por su trayectoria como periodista corresponsal de diversos medios en la Santa Sede.