Corría la primavera de 1990 cuando el entonces Obispo de Málaga, Don Ramón Buxarrais Ventura, nos envió a un grupo de malagueños a recordarles el Evangelio a un grupo de emigrantes españoles en Suiza.
Si aplicamos la propiedad conmutativa, el amor es Dios. Esta frase, sin la consiguiente explicación, puede parecer un poco simplista y aventurada. Todo es cuestión de semántica. La palabra amor ha sido tan tergiversada y prostituida que se le llama amor a cualquier cosa. Se habla de “hacer el amor” a la relación carnal de cualquier tipo. El amor no se hace sin reciprocidad, se vive en el encuentro desinteresado y de entrega al prójimo, entonces, el amor de Dios está en medio.
En muchas ocasiones en las que me encuentro con una confrontación entre dos posturas radicales, recurro al anuncio de un aceite de oliva -de una excelente calidad, por cierto-, que se basaba en la Y. Decía, más o menos: “el secreto está en la Y”.
Hoy habla todo el mundo de ese bendito barco que surca el Mediterráneo para librar del hambre o de la muerte a ese grupo de hermanos nuestros que solo han cometido el delito de nacer en un sitio lleno de pobreza.
Los seres humanos somos así. Necesitamos que alguien fallezca, sufra una desgracia o caiga defenestrado de su empleo para que hablemos de él (o de ella) de una forma positiva.
Málaga y sus habitantes están en los escaparates de los medios por todo el mundo. Malagueños famosos pueblan el espacio de la música, la canción, el cine y el teatro. De aquella ciudad de las cien tabernas hemos pasado a la ciudad de los casi cien museos y los muchos artistas.
El pasado 15 de abril se celebraron a lo largo y ancho de España una serie de manifestaciones en defensa de la vida. Desde su concepción hasta su último momento.
Parece ser que la institución del día del padre es muy reciente. En Estados Unidos se celebra desde el 1910 y en España desde la década de los cincuenta.