Homilía Eucaristía de Inicio de Curso 2026-2027
Eucaristía de inicio de curso de los Centros de Formación Diocesanos //A. MEDINA

Homilía Eucaristía de Inicio de Curso 2026-2027
Málaga, 25 de septiembre de 2026

Introducción

Nos reúne hoy la inauguración del curso 2026-2027 de los Centros Teológicos de nuestra diócesis, que comenzamos con la Eucaristía del Espíritu Santo. Recibimos el alimento del Cuerpo del Señor e invocamos su Espíritu para que nos sostenga en las diversas tareas y proyectos de este curso.

Hemos oído al Eclesiastés decir que «todo tiene su momento y cada cosa su tiempo bajo el cielo». El Qohélet no se refería al tiempo cronológico, al kronos; hacía referencia a otro tiempo, al kairós, al tiempo de Dios. La tarea de la verdadera sabiduría consiste en discernir, tanto a nivel personal como comunitario, de qué es tiempo; es decir, qué momento propicia Dios en nuestra vida y en la vida de la Iglesia. Por eso, la historia de los hombres ya era para Melchor Cano un lugar teológico, y por eso también nos referimos a los signos de los tiempos como un lugar en el que Dios dirige a los hombres una palabra interpelante.

También con el uso de nuestro tiempo decimos qué es importante para nosotros. Dedicamos tiempo a lo que de verdad queremos. Por eso, cuando dedicamos tiempo a la oración, al prójimo, al estudio de la teología, a la evangelización…, estamos respondiendo con nuestra vida a la pregunta que el Señor nos hace hoy en el Evangelio: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Ser conscientes del tiempo, hacer de nuestro tiempo una historia, proyectar y caminar hacia metas es algo específicamente humano. Para el creyente, la pregunta «¿qué haré con mi tiempo, con mi vida?» se encuentra necesariamente con otras: «¿qué querrá Dios de mí?», «¿cómo serviré a mis hermanos?» y «¿cuál es mi lugar en la misión de la Iglesia?».

Primera. Un tiempo que cuesta y, por eso mismo, es valioso

La experiencia del tiempo tiene con frecuencia algo de dramático. Hoy es un lugar común oír que nos falta tiempo para todo lo que queremos hacer. Es un signo de los tiempos. Concretando más, hay que reconocer que dedicar tiempo a la teología es difícil de encajar en medio de las demás responsabilidades habituales de nuestra vida. Por eso, mi asombro, mi admiración y mi gratitud por el tiempo que dedicáis a este aspecto de la vida de la Iglesia que es la formación teológica.

Pero estudiar exige algo más que encontrar horas libres: exige atención. En medio de una cultura llena de ruido, urgencias y estímulos, estudiar significa aprender a distinguir lo urgente de lo necesario y regalar a una cuestión el tiempo suficiente para que pueda mostrarnos su verdad. El tiempo de estudio no es un tiempo residual: es un tiempo que reclama presencia, silencio y perseverancia.

Dice el coreano Byung-Chul Han que la crisis de fe que vive nuestro mundo es, en realidad, una crisis de atención. Nuestra mente vive cada vez más sometida a estímulos constantes y a la urgencia de satisfacer necesidades ficticias. De ahí que una de las grandes fuerzas antagónicas al crecimiento interior sea el consumo. Una mente embotada no puede contemplar a Dios en los procesos. Una mirada atrapada en la inmanencia pierde la sacralidad de la existencia y de la propia dignidad, y termina reduciendo la vida a una mera supervivencia.

Por eso, la teología nace en la contemplación creyente, en el mirar con los ojos de Dios. Os invito a interrumpir nuestra acción y a orar, para que nuestras obras de amor no sean una proyección de nosotros mismos, sino una respuesta a Dios.

Segunda. Un tiempo vivido en Iglesia

Quiero animaros a quienes habéis decidido estudiar aquí —en el CESET, en el Instituto de Ciencias Religiosas, en la Escuela Teológica San Manuel— a valorar algo que no siempre aparece a primera vista: nuestros centros no son solo lugares de aprendizaje o de obtención de títulos.

Son también una experiencia de Iglesia local: el profesorado, sacerdotes y laicos con diversa formación y responsabilidades pastorales; los compañeros procedentes de realidades muy distintas de la vida diocesana; el encuentro, la conversación y la reflexión compartida. Todo ello permite tomar el pulso a la diócesis, caminar con ella y formar parte de la red diversa y unida de la Iglesia que camina en Málaga y Melilla.

La búsqueda de la verdad nunca es completamente solitaria. La verdad necesita diálogo, tradición, contraste y comunión. También la teología se hace «a hombros de otros»: recibimos una tradición, la interrogamos juntos y tratamos, también juntos, de responder a las preguntas de nuestro tiempo. Eso tampoco aparece en el expediente académico, pero forma parte esencial de la formación.

Tercera. Un tiempo dedicado a conocer a Jesucristo

El tiempo que dedico a la teología es tiempo que dedico a conocer a Jesucristo. Estudiar teología, en el fondo, puede resumirse en buscar respuesta a la pregunta que Jesús nos dirige: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Necesitamos diversificar la docencia en áreas y materias por razones prácticas, pero todas convergen finalmente en la persona de Jesús.

Estudiar no consiste simplemente en acumular conocimientos. Consiste en aprender a escuchar, preguntar y buscar honestamente la verdad. Y para un estudiante de teología esa búsqueda tiene un rostro: Jesucristo. La pregunta del Evangelio no pide únicamente una respuesta aprendida; pide una respuesta personal y eclesial, una respuesta que compromete la inteligencia y también la vida.

Profundizar en nuestro conocimiento de Cristo es, por ello, la primera responsabilidad de profesores y alumnos. No consideréis vuestra dedicación a la teología como algo secundario en unas agendas ya sobrecargadas. Tampoco la midamos únicamente por su utilidad inmediata: hay un valor gratuito en buscar la verdad por ella misma, porque conocer mejor a Cristo y el misterio cristiano ensancha la razón, la fe y nuestra capacidad de servir.

Cuarta. Un tiempo que debe dar fruto para la Iglesia

En la diócesis tenemos la suerte de contar con un centro teológico con buen profesorado. La agregación a la Universidad Loyola supone una cualificación de su docencia y de sus títulos, y estamos agradecidos por ese apoyo. Son, además, varios los profesores con los que cuento personalmente para distintas responsabilidades diocesanas.

Pero quizá podemos dar un paso más como esfuerzo colectivo: repensar cómo, desde aquello que os es propio —la teología—, podéis ayudar a la diócesis en este momento de su historia, ante los retos de la conversión sinodal, la conversión pastoral y la elaboración de un plan pastoral; teniendo en cuenta los retos de la interculturalidad, de la inmigración, del diálogo interreligioso, de la evangelización de la cultura, de las nuevas formas desencarnadas de espiritualidad… Son desafíos que están llamando a nuestra puerta.

El estudio está llamado a ser fecundo. No basta con que produzca buenos expedientes, publicaciones o titulaciones: debe ayudar a iluminar la realidad y a servir mejor. San Francisco Javier, que había conocido las aulas de París y las ambiciones de la vida universitaria, escribió años después desde Oriente que sentía deseos de regresar a aquellas universidades y entrar en la Sorbona «dando voces». No quería pedir a los estudiantes que dejaran de pensar, sino precisamente que se preguntasen para qué estaban empleando su inteligencia. Había descubierto que el saber alcanza su verdadera grandeza cuando deja de ser instrumento de promoción personal y se convierte en servicio.

La teología es verdaderamente eclesial cuando la búsqueda rigurosa de la verdad se convierte también en palabra que orienta, criterio que discierne y esperanza que acompaña. En este sentido, ¿puede vuestro claustro constituir un grupo de trabajo teológico sobre alguno de los aspectos pastorales para los que nuestra diócesis necesita la luz que aporta la teología en sus diversas especialidades? De hecho, ya varios profesores estáis colaborando con la Vicaría de Pastoral en el proceso de redacción del Plan Pastoral. Gracias por vuestro trabajo y disponibilidad.

Conclusión

Quiero terminar con una anécdota que conocí en el Colegio Español. El teólogo español José María Rovira Belloso había venido a dar una conferencia y, esa misma mañana, fue a la Pontificia Universidad Gregoriana a saludar a su buen amigo, el jesuita Luis Ladaria, que luego sería prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Rovira Belloso cuenta que, al entrar en la Universidad, fue a su habitación, dentro del convento de los jesuitas, y no lo encontró. Pensó: «¿Dónde puede estar ahora el padre Ladaria?». Y pensó que un gran teólogo como él estaría, lógicamente, en la biblioteca. Pero fue a la biblioteca y allí no estaba. Entonces se dijo: «Si no está en la biblioteca, debe estar en la capilla». Y fue hasta la capilla, pero allí tampoco estaba el padre Ladaria.

Al salir al atrio de la Universidad se cruzó con él y le dijo: «Padre Ladaria, no lo encontré en su despacho y me dije: “Un gran teólogo como Ladaria solo puede estar en un sitio”, y fui a la biblioteca. Como no te encontré, fui a la capilla, pero allí tampoco estabas». Ladaria lo miró sonriendo y le dijo: «Te ha faltado un sitio en el que buscar a un teólogo: la enfermería. Estaba allí visitando a los enfermos».

«Todo tiene su tiempo», nos recuerda el Eclesiastés. Pero siempre es tiempo para amar. Von Balthasar afirmaba que solo el amor es digno de fe. Para el teólogo alemán, el amor que se nos da solo podemos entenderlo como un «milagro» y percibirlo como «maravilla».

Que este curso sea para nosotros tiempo de atención y de estudio, tiempo de comunión, tiempo de búsqueda de Cristo y tiempo de servicio a la Iglesia. Que nuestro corazón inquieto descubra también la teología como via amoris. Y que el Espíritu Santo, a quien hoy invocamos, haga fecundo ese tiempo y nos enseñe a descubrir en él el tiempo de Dios.