Homilía de D. José Antonio Satué en la Misa del Alba de la Cofradía del Cautivo.
Querida Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo y María Santísima de la Trinidad, estimadas autoridades, hermanas y hermanos:
En estos seis meses compartidos con vosotros, me habéis enseñado –y en esta mañana lo estoy viviendo– quién es el Cautivo para esta ciudad. El Cautivo es familia, raíces, reencuentros. El Cautivo son los abuelos que nos trajeron aquí de la mano por primera vez… Para nosotros el Cautivo lo es todo. Es Dios con nosotros.
Ante esta imagen tan querida, con su túnica blanca, su rostro moreno y esa mirada que verdaderamente cautiva, quisiera invitaros a vivir tres actitudes que iluminan la Semana Santa… y la vida entera: reconocer, acoger y liberar.
1. Reconocer nuestra cautividad
También nosotros conocemos el cautiverio, distinto al que sufrieron los deportados de los que habla Isaías, distinto al de Jesucristo, cuyas manos vemos atadas porque puso en cuestión las estructuras de dominio, violencia, honores y privilegios. Jesús fue —y sigue siendo— una amenaza para quienes solo se aman a sí mismos; por eso, ayer y hoy, se intenta silenciarlo, maniatarlo.
Las cuerdas que nos atan son menos visibles, pero igualmente reales: estamos cautivos de nuestros pecados, que nos encadenan por dentro y por fuera; cautivos de una vida solitaria, poco comunitaria, donde cuesta compartir y dejarnos acompañar; cautivos de modas inútiles, de aspiraciones imposibles, de la necesidad de aparentar; cautivos de un enfrentamiento que llevó al pueblo de Dios a dividirse en dos reinos y a nosotros en dos bandos. Esta polarización nos dificulta convivir, enriquecernos mutuamente y llevar adelante proyectos que beneficien a todos.
Y no solo sufrimos cautiverios: a veces los provocamos. Como Caifás y los sumos sacerdotes, que justificaron la muerte del inocente “por el bien de la nación”; hoy se sacrifica a personas y pueblos en nombre de intereses inconfesables. A veces, también nosotros con nuestras palabras hirientes, nuestros gestos agresivos y nuestras decisiones egoístas, condicionamos, limitamos o apagamos la vida de otras personas, especialmente de las más vulnerables.
Reconocer esta realidad no supone hundirse, sino abrir la puerta a la gracia.
2. Acoger la salvación de Dios
En medio de nuestra historia herida, Dios no se desentiende. El profeta anuncia una promesa divina, que alienta la esperanza del pueblo: «Los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra. Los haré una sola nación… Los liberaré... Los purificaré… Haré con ellos una alianza de paz, una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre… Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo».
Este compromiso llevó a Dios a hacerse carne, a soportar las cadenas que nos atan, a sufrir nuestras heridas, a dar la vida para liberarnos. Aunque Caifás no intuyó ni de lejos la profundidad de sus palabras, él anunció que «Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos». Murió por ti y por mí, por quienes celebramos pacíficamente la Semana Santa y por quienes tienen que esquivar el peso mortífero de las bombas.
Mirad al Cautivo. Él nos consuela y nos salva no desde un poder que se impone a base de propaganda y de fuerza. Nos libera desde el silencio y la entrega de la vida, regalándonos una paz desarmada y desarmante, incluso para quienes ejercen violencia sobre Él. Mirad sus manos: están atadas, sí, pero se abren hacia nosotros, no sin esfuerzo, ofreciéndonos el amor más grande: el que da la vida. Solo ese amor puede liberarnos del sinsentido, del egoísmo, de la desesperanza, del pecado. Solo ese amor puede conducirnos a la felicidad plena y a una fraternidad sin fronteras.
Acogerlo es dejar que Él nos desate, nos purifique, nos consuele, nos salve.
3. Liberar como Él y con Él
Quien experimenta la alegría de sentirse liberado no puede quedarse de brazos cruzados. La salvación cristiana siempre impulsa la misión, una misión liberadora.
Tenemos cautivos muy cerca. Entre nuestra familia y amigos, algunas personas necesitan apoyo material, pero muchas más necesitan cercanía y afecto, vínculos de amistad que los sostengan. ¡Cuánto bien hace una parroquia o una hermandad en la que todos se sientan acogidos, valorados y queridos, en la que todos pueden dar y recibir!
En nuestra ciudad, podemos aliviar a tanta gente cautiva por la pobreza, a través de Cáritas, la Fundación Corinto apadrinada por las hermandades malagueñas y tantas otras iniciativas solidarias. Liberar es sembrar la esperanza en el corazón de la gente, de modo que nadie tenga la tentación de “quitarse de en medio” para dejar de sufrir.
En el ámbito internacional, como ciudadanos responsables, también estamos llamados a exigir a las autoridades de las naciones decisiones valientes, que prioricen la vida de los pueblos por encima de intereses económicos, estratégicos o ideológicos.
Conclusión: caminar con el Cautivo hacia la Pascua
Queridos hermanos y hermanas: que no nos engañen las apariencias. Cuando miramos al Cautivo, contemplamos al más libre del género humano. Aunque sus manos están atadas, Él está libre de pecado, de egoísmo, de miedos, de ruindad, de dobleces, de rencores, de ambiciones, de maldad… Jesús Cautivo entrega voluntariamente su vida por amor a los demás, por eso Él es la imagen más lograda de la palabra “libertad”. Pilato, al verlo atado y coronado de espinas, exclamó: “Ecce homo”, “he aquí el hombre”. Realmente, el Cautivo es el modelo más pleno y luminoso de lo que puede llegar a ser un ser humano. Como dice el Salmo 45, “Él es el más bello de los hombres”.
Que el Cautivo nos enseñe a reconocer nuestras cadenas, a acoger su salvación para ser libres y liberar. Acojamos esta llamada unidos a María. Abracemos, con nuestra vida y con nuestro “hágase”, como Ella y con Ella, el proyecto de amor y fraternidad que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo sueña para la humanidad.
