El 1 de noviembre celebramos la Solemnidad de Todos los Santos, en la que recordamos a tantas personas que han entregado su vida siguiendo las huellas de Jesús en el Evangelio.
A muchos los conocemos, porque la Iglesia los ha canonizado para que sus vidas sean ejemplo para los demás. Pero otros muchos no están en los altares, son los santos anónimos para el mundo, pero no a los ojos de Dios. Y mañana recordamos a nuestros difuntos, una fiesta litúrgica que se remonta al siglo X, cuando fue instituida por san Odilón, monje benedictino. Ante la muerte, los cristianos miramos a Cristo Resucitado porque, como nos recordó Benedicto XVI, siguiendo las huellas de Pablo, “si Cristo no ha resucitado, el cristianismo es absurdo”. En el siguiente reportaje vamos a conocer algunos fundamentos teológicos de ambas fiestas, y testimonios de cristianos ante la muerte de un familiar y la santidad.
¿Es la muerte el final del camino o el principio de la vida? ¿Cómo nos situamos ante ella? Hemos querido que sea el profesor de Escatología de los centros de formación de la diócesis, D. Manuel Pineda, quien nos lo explique. Él afirma que es la pregunta, el gran interrogante, a la que muchos querrían tener una respuesta más clara en orden al futuro. Todos morimos y eso es una realidad permanentemente constatada. ¿Y con la muerte todo termina? ¿Es posible que tanto trabajo e inquietudes, la lucha y la brega de tantos años, las alegrías y sufrimientos que impregnan la vida, todo acabe en un accidente, con un infarto, en una enfermedad prolongada o galopante?
¿Es posible que tantas injusticias, muertes violentas, guerras, sangre inocente, todo termine sin la respuesta adecuada que clama justicia y recompensa a situaciones inhumanas?
Con la muerte no puede terminar todo. La muerte no es caer en el absurdo, como algunos han afirmado, no es una frustración existencial, no es un desenlace terrible. Como creyentes, como personas que razonan y creen en un Dios todopoderoso, justo y bueno, profesamos la gran verdad de fe que confesamos desde pequeños: “Creo en la Vida Eterna”. La muerte es el paso a la plenitud de la vida; es el puente y la puerta para el gozo eterno. Es la llegada al abrazo grande de Dios, nuestro Padre. Dios nos ama. Desde la eternidad nos llamó a ser santos, partícipes de la misma vida y amor, a ser sus hijos, decía san Pablo. Jesús con su muerte dio muerte a la muerte y nos ha conseguido la victoria.
Otro de los grandes interrogantes que nos hacemos es si nuestros seres queridos que ya se han ido con Dios desconectan de toda realidad terrena o siguen de alguna manera entre nosotros. Según D. Manuel, “El cielo es ver a Dios, vivir con Dios, gozar con Dios, y Dios es siempre Camino y es plenitud desbordante. Jesucristo Resucitado es para nosotros el todo. Él es la Cabeza, que goza y vive plenamente en Dios. Nosotros, su Cuerpo, estamos vinculados a Él, como miembros vivos, y participamos de su alegría, felicidad, amor. Todos formamos un solo Cuerpo, una gran familia, y todos, en consecuencia, participamos de los bienes obtenidos en la redención. Hay un intercambio permanente de gracia, alegría, confianza, amor, del que vamos participando todos: los que ya gozan de la felicidad del cielo, los que todavía deben purificarse y los que peregrinamos por la tierra. Por eso, nos sentimos unidos fuertemente a ellos y ellos a nosotros; sentimos su cercanía; aunque permanezcan lejanos, estamos cercanos, en verdadera comunión de fe, esperanza y amor.
En Dios no hay distancia. Ellos interceden por nosotros junto a Dios, y en los momentos fuertes y alegres del día, los sentimos a nuestro lado, no están desconectados de nosotros, nos alientan, estimulan y continúan a nuestro lado. Es la gran verdad de fe que llamamos y confesamos: “Creo en la Comunión de los Santos”.
