Santidad alegre y comprometida
Participantes en el Campo de Trabajo Lázaro

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

La solemnidad de Todos los Santos nos invita a contemplar a tantos hombres y mujeres que han alcanzado la plenitud de la vida en Dios. Al celebrar esta fiesta, quisiera que nos preguntáramos qué imagen de santidad llevamos dentro. A veces la hemos asociado a personas alejadas de los problemas del mundo y con un rostro serio. Pero ¿es esta la santidad a la que nos llama Jesús?

El Evangelio nos presenta otro horizonte: la santidad no nos aparta de la vida, sino que nos hace vivirla con más amor, esperanza y gozo. Para redescubrir esta llamada, propongo tres palabras: Gracia, comunidad y alegría.

1. Gracia: la santidad comienza en Dios

La santidad no comienza en nuestros esfuerzos, sino en el amor de Dios, que nos precede, nos sostiene y nos transforma. Como recuerda el papa León, la santidad, «en vano buscada con esfuerzos aislados, se revelará por lo que es: correspondencia a la Gracia que nos precede, nos sostiene y nos transfigura» (En la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, 12 de junio de 2026).

Esto no significa que nuestros esfuerzos sean innecesarios, sino que nacen de una respuesta agradecida al amor recibido. Ser santo no consiste en aparentar perfección, sino en dejar que Dios nos enseñe a aceptar nuestra fragilidad, purifique nuestro corazón y nos ayude a comenzar de nuevo.

2. Comunidad: nadie se santifica en soledad

El papa Francisco nos advirtió: «Es tal el bombardeo que nos seduce que, si estamos demasiado solos, fácilmente perdemos el sentido de la realidad y la claridad interior, y sucumbimos. La santificación es un camino comunitario, de dos en dos. Así lo reflejan algunas comunidades santas» (Gaudete et exsultate, 140-141)

Los demás nos ayudan a crecer, nos corrigen, nos sostienen y nos enseñan a amar más allá de nuestras preferencias. Por eso necesitamos parroquias y comunidades abiertas, capaces de acoger al que llega y de acompañarlo en su camino particular de santidad.

«Las bienaventuranzas nos descubren una alegría distinta de la que propone el mundo: no nace del éxito o del reconocimiento, sino del amor, la misericordia, la justicia y la entrega»

3. Alegría: la dicha de las bienaventuranzas

La santidad tampoco es una vida apagada, marcada por la tristeza o la renuncia permanente. Francisco recuerda que «feliz» o «bienaventurado» llega a ser sinónimo de «santo», porque quien vive la Palabra de Dios encuentra, en la entrega de sí, la verdadera dicha (cf. Gaudete et exsultate, 64).

Las bienaventuranzas nos descubren una alegría distinta de la que propone el mundo: no nace del éxito o del reconocimiento, sino del amor, la misericordia, la justicia y la entrega. No ignora el sufrimiento, pero confía en que ni siquiera la cruz tiene la última palabra.

Queridos hermanos, pidamos que nuestra Iglesia de Málaga sea una comunidad que viva de la Gracia, camine unida y transmita la alegría del Evangelio. Que María, Reina de Todos los Santos, nos ayude a vivir una santidad alegre y comprometida.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.