Romper la soledad no deseada

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

Durante este mes de octubre, la Orden de San Juan de Dios, junto a otras organizaciones eclesiales y civiles, impulsa la Semana contra la Soledad no Deseada. Se trata de una forma de pobreza silenciosa que está presente tanto en las casas de los pueblos más pequeños como en los apartamentos anónimos de los grandes núcleos urbanos. Detrás de muchas puertas cerradas hay personas mayores que ven pasar los días sin que nadie pronuncie su nombre; jóvenes que, pese a estar permanentemente conectados a través de las pantallas, se sienten aislados, y personas en situación de vulnerabilidad que sufren de manera especial esta realidad.

Al conocer esta iniciativa, he recordado a una señora de mi primera parroquia. Los domingos iba a llevarle la comunión y ella hacía todo lo posible por alargar mi visita. Tenía una razón muy sencilla, que me repetía con frecuencia: «No he podido hablar con nadie en toda la semana». ¡Qué experiencia tan terrible!

El papa Francisco, en su encíclica Fratelli tutti, señaló con claridad la raíz de este drama contemporáneo: «Estamos más solos que nunca en este mundo masificado que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia» (FT 12). Esta denuncia resuena hoy en nuestro corazón. No podemos acostumbrarnos a considerar normal que tantas personas vivan en soledad, ni permanecer indiferentes ante el dolor que provoca el aislamiento.

«El amor cristiano se concreta, muchas veces, en pequeños gestos de cercanía cotidiana: regalar nuestro tiempo, escuchar con atención y hacer sentir al otro que su vida nos importa»

Aprovechemos, por tanto, esta semana para reconocer y hablar de esta realidad, para tomar conciencia de que muchas personas no pueden romper por sí mismas las barreras del aislamiento. Acerquémonos a ellas con empatía y con esa mirada creyente que nos permite reconocer en cada persona el rostro de Cristo. Preguntémonos qué podemos hacer y aportemos nuestro granito de arena desde el compromiso personal, familiar y comunitario. Os invito, en concreto, a conocer y participar en las actividades organizadas durante esta semana.

Las Cáritas parroquiales pueden encontrar aquí un compromiso muy sencillo y eficaz: acompañar a las personas que sufren soledad no deseada con una llamada, una visita o una invitación a participar en alguna actividad de la comunidad. No siempre hacen falta grandes estructuras ni recursos extraordinarios. El amor cristiano se concreta, muchas veces, en pequeños gestos de cercanía cotidiana: regalar nuestro tiempo, escuchar con atención y hacer sentir al otro que su vida nos importa.

Por eso, invito a todos —sacerdotes, religiosos y laicos— a impulsar una verdadera pastoral de la escucha. Una pastoral “en salida” que nos ayude a estar atentos a quienes viven solos, a detectar a tiempo las situaciones de aislamiento y a promover los recursos necesarios para prevenirlas y acompañarlas. Hagamos de nuestras parroquias verdaderos hogares de acogida donde nadie se sienta extraño ni olvidado.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.