Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:
El Concilio Vaticano II sigue siendo uno de los acontecimientos más importantes de la Iglesia contemporánea. Supuso un verdadero don del Espíritu Santo para la evangelización en el mundo de hoy, tan cambiante y tan distinto al de épocas pasadas. En este sentido, el Concilio fue una «puesta al día» no de la doctrina, sino de la forma pastoral de trasmitirla.
En torno al Concilio han surgido dos interpretaciones opuestas que, pese a sus enormes diferencias, coinciden en comprender el Vaticano II como una ruptura con la tradición.
Por un lado, ciertos sectores tradicionalistas sostienen que el Concilio introdujo una discontinuidad con respecto a la enseñanza anterior, especialmente en cuestiones como la libertad religiosa, el ecumenismo, las relaciones con las religiones no cristianas o la comprensión de la misión de la Iglesia. Últimamente han proliferado, especialmente en las redes sociales, publicaciones que presentan la supuesta ruptura introducida por el Vaticano II como la causa de todos los males que actualmente aquejan a la Iglesia.
Por otro lado, cierta corriente interpretativa, apelando a un presunto «espíritu del Concilio», considera que el Vaticano II inició una transformación que todavía estaría pendiente de completarse mediante nuevas reformas. Sin embargo, muchas de esas propuestas no aparecen explícitamente en los textos conciliares, ni se corresponden con la intención original que puede reconocerse en las actas del Concilio.
«El Concilio supuso una verdadera renovación, que desgraciadamente algunos quieren negar; pero no el nacimiento de una Iglesia diferente»
Ante estos planteamientos, es útil recordar la advertencia de san Juan Pablo II: «Leer el Concilio suponiendo que conlleva una ruptura con el pasado, mientras que en realidad se sitúa en la línea de la fe de siempre, es una clara tergiversación» (Discurso del 27 de febrero de 2000). En esta línea, Benedicto XVI nos invitó a comprender el Concilio desde una “hermenéutica de la reforma”, de la renovación dentro de la continuidad.
El Concilio supuso una verdadera renovación, que desgraciadamente algunos quieren negar; pero no el nacimiento de una Iglesia diferente. La Iglesia anterior y posterior al Vaticano II es la misma Iglesia de Cristo. Esta perspectiva permite afrontar con mayor profundidad las cuestiones discutidas, reconociendo que la tradición no es simplemente una colección de fórmulas antiguas que deban repetirse sin más.
Por otra parte, es ingenuo ignorar que la Iglesia ha cambiado en muchas de sus expresiones desde su fundación. Y resulta mezquino que una persona o un grupo pretenda decidir en cuál de esas etapas debemos reconocer a la «Iglesia verdadera». Tampoco debemos olvidar que el cambio en la Iglesia es necesario en su fidelidad al Evangelio y a la verdad plena a la que el Espíritu nos va conduciendo (cf. Jn 16, 13).
Defender el Concilio significa, por tanto, dejar que hablen sus propios documentos, leerlos en relación con el magisterio precedente y posterior, y procurar poner en marcha sus enseñanzas.
Recibid un saludo muy cordial en el Señor.
