Vivimos –sobrevivimos- en medio de una incapacidad para superar la injusticia que toma dimensiones continentales; sobrevivimos sin hacernos preguntas comprometidas de fin a fin de semana

Este país, siempre radical y maniqueo, es decir, dividido en islotes enfrentados, vuelve a lo mismo una y otra vez. Con motivo del funeral celebrado en recuerdo de las víctimas del tren de Atocha, diferentes voces y grupúsculos manifestaron su oposición. O sea, no les gustó que la Iglesia estuviera presente en lo que consideraban una “celebración de Estado”.

Es difícilmente analizable. Lo es, no por el hecho meramente oportunista de utilización política, sino por el burdo interés, ya conocido, de apartar a Dios de la sociedad. Es algo que se ha intentado muchas veces desde aquel iconoclasta del siglo XVIII hasta el materialismo actual, un híbrido que se limita a ignorar realidades trascendentes. Por eso choca la radicalidad de estos grupos autodenominados progresistas. Efectivamente, pocos son ya, por ejemplo, los que se reclaman como ateos. El ateísmo está en plena recesión. La inmensa mayoría de los que cierran su mirada a Dios son agnósticos. Aquellos que viven al margen de la cuestión o razonan mano o menos de la siguiente forma: “Dios es demasiado grande para mi capacidad de entender, por lo tanto no trataré de entenderlo, que Él se de a conocer”

Ocurre que Dios ya se ha dado a conocer. Lo ha hecho en la persona de su hijo Jesucristo para que “todo el que crea en Él no se pierda sino que tenga vida eterna” como afirma categórico el apóstol San Juan. 

Aquel viejo de Nietszche, el que gritaba: Dios ha muerto no existe; ¡ha muerto el viejo gritador! Ya, en su tiempo, el mismo Nietszche advertía a través del viejo “ha muerto Dios pero no lo digáis todavía”. O sea, aún los seres humanos no están preparados para vivir sin Dios.

Ha pasado más de un siglo, uno de los siglos más cambiantes y turbulentos de la historia universal. Una humanidad sin ideas nuevas, escéptica y con el único propósito de pasar sobre lo fundamental tiene que rehacer cada día el destrozo de su alarma. Vivimos –sobrevivimos- en medio de una incapacidad para superar la injusticia que toma dimensiones continentales; sobrevivimos sin hacernos preguntas comprometidas de fin a fin de semana. Es un infantilismo apartar a Dios de las estructuras humanas. Dios siempre estará presente. Siempre Dios será una necesidad para el hombre.