Semblanza de Manuel Ángel Santiago Gutiérrez leída en su funeral por el sacerdote José Ruiz Córdoba
SEMBLANZA MANUEL ÁNGEL SANTIAGO GUTIÉRREZ
(16 diciembre 1958 – 21 febrero 2026)
Había un gran pensador que decía que el ser humano no estaba hecho para morir, sino para vivir en la muerte. La muerte da peso al tiempo; porque, cada instante, como diría el poeta, es «ido y acabado». La muerte hace del tiempo, de cada uno de los momentos, una invitación a ser.
Decir que Manuel Ángel era Vicario para el Laicado, párroco de Los Mártires y San Juan, rector de la Iglesia del Santo Cristo, miembro del Consejo Pastoral Diocesano y del Consejo Presbiteral es, como es obvio, enumerar algunas de sus ocupaciones que no agotan su persona.
A raíz de su fallecimiento hemos leído unas palabras suyas sobre la muerte: «Me gustaría morirme como Dios quiera, como Él quiera y donde Él quiera. Él lo hizo todo bien, incluso la muerte». Hablaba de ella poniéndola al servicio de Dios, de ese Dios que lo llamó a la vida el 16 de diciembre de 1958. Algunos de nosotros conocimos el hogar donde vivió muchos años: la humilde casa en la Cruz de Humilladero; sus padres que nos recibían cuando íbamos de visita; y esas hermanas y sobrinos, que ya vivían fuera, pero de las que nos hablaba con afecto fraterno.
Desde muy joven conoce la Asociación Pública de Fieles Misioneros de la Esperanza (MIES). En ella sigue viviendo su fe. Una fe que le lleva al anuncio de Jesucristo, especialmente a los niños y a los jóvenes. Y ese joven delgadito lo mismo iba con su vespino a Churriana, la Purísima o la Luz, a estar con los jóvenes y, desde sus luces y sombras, anunciarles el Evangelio.
«El tiempo se ha acabado, la muerte le ha llegado, ha dormido con la esperanza de la resurrección. ¡Cuántas veces oraría diciendo: "Al despertar, Señor, ¡me saciaré de tu semblante!"»
Al comienzo de los años 80 se le pide que trabaje como secretario para Mies. Y aún lo recordamos en la secretaría de García Briz cuando, por entonces, se grapaban los boletines. Pasados unos años comienza a rondarle por la cabeza la idea de ser sacerdote. Sin dejar de trabajar, realiza la prueba de Acceso a la Universidad para mayores de 25 años y se matricula en el Centro de Teología, en aquel tiempo dirigido por nuestro querido D. Manuel Pineda. Y es en el tercer curso del Ciclo de Estudios Teológicos cuando sube a vivir al Seminario Diocesano. Algunos de los aquí presentes nos reímos con agradecimiento al recordar anécdotas de aquellos tiempos que, probablemente, ahora no protagonizaríamos.
Terminados los estudios en el Seminario fue enviado a Roma para obtener la Licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Durante ese periodo formativo fue ordenado de diácono el 3 de septiembre de 1989 en la Parroquia de La Amargura, y sacerdote el 2 de septiembre de 1990 en la Catedral.
Cuando regresa de Roma lo nombran párroco de la parroquia San Juan de la Cruz en Málaga. Después de algunos años dedicados al estudio, disfruta con su nueva tarea pastoral. Por ese tiempo lo envían como consiliario al Secretariado de Pastoral Juvenil. ¿Y quién le iba a decir que terminaría siendo Vicerrector, formador y secretario de estudios del Seminario de Málaga?
Manuel Ángel respira cuando en agosto de 1997 se le envía a la parroquia de Ntra. Sra. del Rosario en Fuengirola. Celebra con gusto, sintoniza con las manifestaciones de religiosidad popular, emprende una gran obra para dotar a la parroquia de salones, nos presenta a los amigos que va haciendo. Siete años después, el 18 de junio de 2014 habrá de atender otra realidad diferente: unas parroquias de barrios populares y muy poblados de Málaga, San Francisco Javier y Santa Ana y San Joaquín. No es poco el trabajo. Con generosidad, y satisfacción visible de que hayan pensado en él, compaginándolo con su actividad parroquial, acepta ser director del Departamento de Peregrinaciones, Santuarios y Turismo, arcipreste del Arciprestazgo de los Ángeles, miembro del Colegio de Consultores y delegado de la Delegación de Hermandades y Cofradías.
Todo lo dicho es lo que está anotado en el archivo del Obispado o en la memoria y el corazón de algunos que compartimos tramos de su vida con él. Pero, ¿quién es Manuel Ángel? Decía otro gran pensador que se nos da la vida, pero no se nos da hecha, la vida nos da mucho qué hacer. La vida es un dejarse hacer cuando somos pequeños o ancianos, un continuo quehacer cuando las fuerzas nos acompañan y un quehacerse constante. Como todos nosotros, la vida de Manuel Ángel fue un continuo tanteo, un continuo intento, un continuo buscar solo iluminado por la sed.
El corazón hace algunos años le falló. Tras el susto inicial, que lo puso a régimen, volvió a disfrutar de la amistad en torno a una mesa bien surtida. Desde el cariño, que estos momentos cohabita con la nostalgia, permitidme la broma: ¿se resolverá algún día el gran misterio de cómo a Manuel Ángel no se le caían los pantalones? «Manuel Ángel, hombre, ¡menos plato y más zapato!», le decíamos. Y el respondía con un «sí, sí» que traducido significaba, «eso no te lo crees ni tú». Hace nada, tras unos días hospitalizados escribía a sus feligreses: «Me acaban de dar el alta y voy a casa de mi hermana para empezar la recuperación que entendemos será lenta, pero con un buen equipo médico. Os doy mil gracias por vuestra cercanía y oraciones… […] me he sentido muy amado y deseo expresaros mi amor sacerdotal por vosotros; en los momentos más críticos, que han sido muy graves, os he tenido en mi corazón y he rezado día y noche por todos los fieles. Ahora necesito ir dando pasito tras pasito, recibid mi más fuerte abrazo».
Ayer, 21 de febrero, Juan Pablo enviaba este mensaje: «Con profundo pesar os informo de que quien fue párroco de nuestras parroquias, D. Manuel Ángel Santiago Gutiérrez, ha fallecido. Según nos comunican, esta mañana se levantó y sufrió un desmayo. Se avisó a los servicios de emergencia, pero no fue posible hacer nada por su vida».
Su vida de fe siempre le hacía vivir arrojado en abandono al abismo del misterio de Dios. Esa sed la calmaba con su sensibilidad litúrgica, con la devoción a las imágenes… El tiempo se ha acabado, la muerte le ha llegado, ha dormido con la esperanza de la resurrección. ¡Cuántas veces oraría diciendo: «Al despertar, Señor, ¡me saciaré de tu semblante»!
