La Pascua, comienzo de una nueva andadura
Santísimo Cristo Resucitado //AGRUPACIÓN DE COFRADIAS DE SEMANA SANTA DE MÁLAGA

Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla:

La Pascua es la culminación del camino iniciado el Miércoles de Ceniza. Tras la experiencia penitencial de la Cuaresma y la intensidad espiritual del Triduo Pascual, corremos el riesgo de refugiarnos en la rutina como si el Domingo de Resurrección fuese el término del camino y no el comienzo de una nueva andadura. Pero la Iglesia nos ofrece una cincuentena de días para seguir saboreando que “Hoy es el día en que actuó el Señor”, mientras esperamos la irrupción del Espíritu prometido por Jesús. Para acogerlo con el corazón dispuesto os propongo tres tareas:

1ª. Contemplar las apariciones del Resucitado “como si presente me hallase”.  Los Evangelios narran que el Resucitado se hizo el encontradizo con sus discípulos en varias circunstancias: en el huerto, con María Magdalena; en el camino de Emaús, con dos discípulos; en la casa donde estaban refugiados por miedo a los judíos, con Tomás el Mellizo; junto al lago, con Pedro y otros discípulos… Os invito a orar con estos relatos según propone san Ignacio en los Ejercicios, contemplándolos “como si presente me hallase”, y preguntándonos: ¿Qué me dice Jesús cuando pronuncia mi nombre como pronunció el de la Magdalena? ¿Qué heridas quiero tocar como Tomás? ¿Qué fracasos quiere aliviar en mí como en Pedro y sus compañeros después de bregar toda la noche en vano? Contemplar así la Palabra nos lleva a experimentar que Cristo no es un recuerdo, sino una presencia viva. 

2ª. Releer nuestros momentos de “muerte” a la luz del Resucitado. Todos llevamos en el corazón heridas, fracasos, pérdidas, oscuridades que a veces preferimos no ver. La Pascua nos invita a mirar nuestras heridas con esperanza. Presentemos al Señor esos momentos que nos han marcado y pidámosle luz para descubrir que Él estaba allí, aunque no lo veíamos. La Pascua no elimina nuestro dolor, pero nos asegura que ninguna noche es definitiva, pues donde parecía que todo había terminado, el Padre sembraba las semillas de una nueva vida. Cuando el Resucitado ilumina nuestra historia se produce una profunda sanación.

3ª. Compartir la esperanza y la paz del Resucitado en la vida cotidiana. La Pascua no se vive sólo en nuestro interior, sino que se desborda hacia el exterior. El Resucitado no nos deja instalarnos, nos pone en camino hacia las personas, especialmente cuando necesitan gestos de esperanza, aunque sean sencillos: una palabra de ánimo, una escucha paciente, una reconciliación buscada con ahínco, una ayuda ofrecida generosamente… Cada vez que sembramos algo de paz, hacemos presente al Resucitado, que nos dice: “No tengáis miedo; id y anunciad”. 

Hermanos y hermanas, vivamos con corazón agradecido. Que el Resucitado nos encuentre, nos ilumine, nos envíe, y María, Madre de la Pascua, nos acompañe.

Recibid un saludo muy cordial en el Señor.