El siglo XXI amanece en medio de una gran desnudez de propuestas ilusionantes. Liberalismo y socialismo aterrizan en un inmenso marketing que nos indica lo que debemos hacer pero no por qué debemos hacerlo.
Un artículo de Concha Caballero en el periódico “El País” me trae viejos recuerdos de aquella España predemocrática - ya vieja- que amanecía ilusionada a su encuentro con la modernidad. Despertaba una generación cargada de ideales y de ideologías que pugnaba por rehacer el caduco esquema sociopolítico heredado del franquismo.
Concha Caballero fue, sin duda, una de sus voces más significativas e iconoclastas. Quizá por eso, llama la atención que comience el artículo al que me refiero diciendo: “En general, en este siglo de escasa ideología y excesivo marketing, los líderes han ocupado gran parte de la representación simbólica de sus partidos”. Es verdad. Resulta difícil, hoy por hoy, descubrir los pivotes ideológicos que sustentan las respectivas propuestas programáticas. Como nunca, las ideas se empastan y lo que dice uno -un líder- se parece muchísimo a lo que dice el otro. Es más, todo votante sabe que el partido de su elección sólo podrá actuar en el espacio social que le permitan las circunstancias. Además, tiene claro que las citadas circunstancias vienen dadas por un mundo en transformación cuyo epicentro nadie sabe dónde está ni quiénes lo manejan.
El siglo XXI amanece en medio de una gran desnudez de propuestas ilusionantes. Liberalismo y socialismo aterrizan en un inmenso marketing que nos indica lo que debemos hacer pero no por qué debemos hacerlo. Y, sin embargo, sobre el hastío, existe en nuestro horizonte vital un proyecto siempre novedoso, un jovencísimo ideal, una nueva vida; la de Jesucristo; el del Evangelio. No se marchita, no se agosta. Merece la pena vivirlo y disfrutarlo. El que se adentra en él nunca queda defraudado.
