Triduo en honor a María Santísima del Rocío Coronada (Parroquia San Lázaro-Málaga)
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TRIDUO EN HONOR A MARÍA SANTÍSIMA DEL ROCÍO CORONADA 
(Parroquia San Lázaro-Málaga, 22 mayo 2026)

Lecturas: Hch 25, 13b-21; Sal 102, 1-2.11-12.19-20ab; Jn 21, 15-19.

(Tiempo Pascual VII-Viernes)

1.- Estamos celebrando el Triduo en honor a María Santísima del Rocío Coronada con motivo de los cultos de Pentecostés. Vamos a reflexionar sobre nuestra madre desde las lecturas de hoy.

La Real, Ilustre y Venerable Hermandad Sacramental de Nuestro Padre Jesús Nazareno de los Pasos en el Monte Calvario y María Santísima del Rocío ha vivido una larga historia desde sus comienzos en el siglo XVI con la presencia en Málaga de la Orden de los Mínimos, quienes iniciaron en el convento de La Victoria un “Viacrucis” todos los viernes del año, que daría origen a esta hermandad de penitencia. Siempre me ha sorprendido esta advocación mariana del Rocío para una hermandad penitencial, que en su tiempo fue una novedad. 

Como bien recordaréis, la imagen de la Virgen del Rocío fue coronada el 12 de septiembre de 2015, día inolvidable para mí y, supongo que también para vosotros, cuya preparación tuvo varios años, realizando un programa y un camino recorrido hasta entonces, que espero y deseo continúe haciéndose de manera fraterna, sinodal y fraterna; es decir, en comunión y en amor entrañable no solo entre los hermanos, sino también con los demás, de modo especial con los más necesitados. Ya sabéis que toda cofradía tiene una dimensión socio-caritativa.

Ser cristino nunca ha sido fácil y ahora tampoco, porque es ir contra corriente dentro de la sociedad en que vivimos. Pero el Espíritu del Pentecostés, el Espíritu de Cristo, abre nuestras mentes, inflama nuestros corazones, ilumina nuestros pensamientos y fortalece nuestras voluntades, para vivir con alegría la fe, la esperanza y el amor cristiano y poder ser hoy testigos convincentes de la resurrección de Cristo.

La Virgen del Rocío fue la primera testigo de la resurrección del Señor, aunque no lo digan los evangelios; pero forma parte del plan de salvación de Dios. Si ella acogió en su seno al Hijo de Dios, no podía quedar fuera de la experiencia de la resurrección de Jesús; era necesario vivir la experiencia de la resurrección para completar la obra de salvación.

2.- Los apóstoles y los primeros discípulos de Jesús dieron firme testimonio de su divinidad, al confesar su muerte y resurrección. San Pablo fue llevado ante el gobernador romano por las acusaciones contra él por parte de los judíos (cf. Hch 25, 14-15); pero, habiendo escuchado a los acusadores, el dignatario no encontró delito digno de castigo: «Cuando los acusadores comparecieron, no presentaron ninguna acusación de las maldades que yo suponía» (Hch 25, 18). 

Según la autoridad romana «se trataba solo de ciertas discusiones acerca de su propia religión y de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo» (Hch 25, 19). Y ésta es la principal afirmación de fe del cristianismo: la resurrección de Jesucristo, después de haber muerto en la cruz.

Contemplemos la imagen de la Virgen del Rocío; ella va vestida de blanco, que es el color de la luz y de la resurrección. Al igual que los ornamentos del sacerdote en tiempo pascual, tal como prescribe la liturgia. La Virgen se viste de «rocío»; ese traje blanco expresa la resurrección. María es la primera que ha gozado de la resurrección del Señor; ella ya está en el cielo, donde nos espera. 

Muchos de nuestros contemporáneos no aceptan esta verdad de fe, pensando que la vida se acaba en este mundo. Pero nosotros creemos en la divinidad de Jesús como Hijo de Dios, Hijo de María y hermano nuestro. Nos corresponde ahora ser sus testigos ante los indiferentes a la fe cristiana, ante los no creyentes y ante los que no entienden o rechazan nuestra fe.

3.- Jesucristo, el Hijo de Dios e Hijo de María, es el Sol que iluminó todo el ser de María y la convirtió en luz, la llenó de luz y la convirtió en “Rocío”. María es la mujer nimbada de sol, iluminada, que transparenta la gracia divina, de la que está plenamente llena; la Mujer que, como gota cristalina de rocío, refleja los rayos del sol; la Mujer hermosa, inmaculada y santa, como lo expresa su vestido blanco.

Y ella nos quiere también así a nosotros, como «gotas de rocío», que reflejemos la luz del Sol que nunca se pone y se llama Cristo Jesús. Eso mismo espera nuestra sociedad de nosotros. 

La Virgen María es inseparable de Cristo por su maternidad y ejerce sobre nosotros su maternidad espiritual. ella «colaboró de manera singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida de los hombres. Por esta razón es nuestra madre en el orden de la gracia» (Vaticano II, Lumen Gentium, 61). 

María, la llena de gracia, nos lleva a Cristo y nos acompaña en el camino de la santidad, animándonos a vivir el amor a Dios y al prójimo. 

4.- En el evangelio, que se ha proclamado hoy, Jesús pone a prueba a Simón Pedro, preguntándole por tres veces si le ama; y por tres veces Pedro confiesa su amor a Jesús (cf. Jn 21, 15-17); solo entonces le encarga el cuidado de sus ovejas y lo convierte en el pastor de su rebaño (cf. Jn 21, 16). Y pensaréis: ¿qué tiene que ver esto con nosotros? 

Jesús no dirigió esa pregunta a su madre, porque estaba claro que lo amaba entrañablemente. Pero él nos dirige a nosotros hoy la misma pregunta: ¿Me amas?; y espera nuestra respuesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero» (Jn 21, 16). El Señor también nos pregunta si amamos a su madre, la Virgen del Rocío. ¿Qué contestáis? ¿La amáis? Demostradlo con palabras y con obras; como dice el refrán: «Obras son amores». 

Pedro, durante la pasión de Jesús, le había negado tres veces, como le predijo el Señor: «Antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres» (Lc 14, 72). Ahora Jesús le pide que confiese tres veces antes de encargarle el pastoreo de sus ovejas: «Apacienta mis ovejas» (Jn 21, 17). 

Jesús, el Maestro, conocía la naturaleza humana, su debilidad y la necesidad de conversión (cf. Lc 22, 31-32). Precisamente desde la debilidad humana de Pedro se manifiesta que su ministerio en la Iglesia procede de la gracia (cf. Mt 16, 17; 2 Co 12, 7-10); y ésta es una verdad revelada. 

Todos nosotros, sin excepción, hemos traicionado a Jesús alguna vez; todos, menos la Virgen María. El Señor nos pide, junto con la Virgen del Rocío, que reafirmemos nuestro amor a él y a su madre.

La Iglesia está llamada por Cristo a manifestar a un mundo esclavo de sus culpabilidades y de sus planes que, a pesar de todo, Dios puede en su misericordia convertir los corazones; convertirnos a él y a su madre.

5.- Estamos en vísperas de Pentecostés, en la que se celebra la fiesta de la Virgen del Rocío, como «Blanca Paloma»; la Mujer más hermosa que ha existido, adornada con los dones del Espíritu Santo. Los «siete dones» significan en lenguaje bíblico todos los dones. María está adornada con todos los dones del Espíritu Santo.

Jesús predijo a Pedro su testimonio de fe con el martirio: «Cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras» (Jn 21, 18), aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios (cf. Jn 21, 19). 

Confiemos en la fuerza del Espíritu de Pentecostés, que llenó de gracia a la Virgen e hizo posible la encarnación del Hijo de Dios. Y fiémonos también en la protección maternal de María Santísima del Rocío, para superar las dificultades que nos depare el testimonio cristiano. Salgamos de aquí convencidos del amor de Cristo y de su madre, la Virgen del Rocío, y de la fuerza que nos transforma para vivir la fe en este mundo y en esta época histórica.

Os animo a seguir viviendo el amor a la Virgen del Rocío, a promover su devoción y a colaborar en la nueva evangelización, a la que nos han invitado los últimos papas. La advocación de Virgen del Río evoca la obra que nos salva. ¡Que ella nos acompañe en el camino hacia la patria celeste, hacia la vida eterna! Amén.