CLAUSURA DE CURSO DE LOS EQUIPOS DE NUESTRA SEÑORA
(Colegio Hermanos Maristas-Málaga, 27 junio 2026)
Lecturas: 2Re 4, 8-11.14-16a; Sal 88, 2-3.16-19; Rm 6, 3-4.8-11; Mt 10, 37-42. (Domingo Ordinario XIII-A)
1.- Celebramos la clausura de curso de los Equipos de Nuestra Señora en este hermoso Colegio de los Hermanos Maristas, que nos acoge en estas ocasiones.
El libro de los Reyes nos ha narrado la historia del matrimonio que vivía en Sunén, que acogió al profeta Eliseo y le construyó una habitación encima de su casa (cf. 2Re 4, 8-11), porque solía ir por allí. El Señor recompensó a este matrimonio con el regalo de descendencia, pues no tenía hijos y el marido era ya anciano (cf. 2Re 4, 14). La acogida del hombre de Dios fue una buena acción que trajo su fruto.
El papa León XIV en su visita a España en este mes de junio ha insistido en varias ocasiones en la necesidad de acoger el migrante: «El Señor, pues, nos invita a acoger a toda mujer como hermana y a todo hombre como hermano» (Encuentro con las realidades de caridad y asistencia diocesanas. Iglesia de Sant Agustí-Barcelona, 10.VI.2026). Como dijo el Señor: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí» (Mc 9,37).
El Señor nos anima, queridos matrimonios, a ser acogedores, a abrir nuestros corazones y nuestras mentes para que las ilumine la Luz de Cristo. ¡Que nuestros corazones estén abiertos para acoger a los más necesitados y que hagamos hogares de acogida! Porque acogiendo a una persona, acogemos al mismo Cristo.
2.- Existen muchas formas de presencia del Señor entre nosotros: en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, en la Sagrada Escritura, en los ministros (cf. Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 7). Y está presente también en los pobres (cf. Id., Dei Verbum, 88). El Señor nos anima a cuidar de ellos, cuya acogida redundará incluso en beneficio nuestro. Acoger la presencia del Señor en los más necesitados nos transforma y nos hace constructores de un mundo nuevo (cf. León XIV, Homilía en la Santa Misa en la Solemnidad del Corpus Christi. Madrid, 7.VI.2026).
La hospitalidad constituye el tema principal de la primera lectura y del evangelio de hoy, que debemos escuchar como una invitación dirigida a nosotros. El Señor nos dijo: «El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa» (Mt 10, 42). Un gesto de amor, por muy pequeño que sea, transforma el mundo.
En el mundo urbanizado en que vivimos, pero bastante deshumanizado, el testimonio de la hospitalidad adquiere una dimensión profética. El encuentro mutuo permite al ser humano dejar de ser un «número» y convertirse en «alguien», porque nuestra sociedad trata muchas veces a las personas como números. La hospitalidad ayuda al hombre desarraigado y aislado a encontrarse a sí mismo al encontrar la relación y el intercambio gratuito. Los matrimonios sois «comunidad de acogida» de manera sacramental. ¡Acoged, en primer lugar, a vuestros hijos; pero acoged también a quien se acerca a vosotros! Sois un instrumento de acogida que Dios ha bendecido.
3.- San Pablo nos ha recordado que el bautismo recibido hace que andemos en una vida nueva; porque nacemos a la vida natural y renacemos en el bautismo a la vida sobrenatural: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4); porque esta vida nueva es un don que recibimos gratuitamente en el bautismo. No somos nosotros quienes nos hacemos cristianos; es el Señor quien nos regala una vida nueva.
Cada domingo, en la celebración de la Eucaristía, renovamos lo que Dios inició en nuestro bautismo; cada domingo, al celebrar el memorial del misterio pascual del Señor, nuestra vida renace, crece y se hace más divina. Y, sin embargo, la experiencia común parece decirnos que nuestra vida, por mucho que hayamos recibido y celebrado los sacramentos, tiene pocas novedades y está instalada en unas formas de actuar, de pensar, de hablar que apenas cambian. ¿Acaso una cosa es el evangelio y otra la realidad cotidiana de nuestra existencia? Tal vez no percibimos que estamos renovados después de cada eucaristía. Deberíamos salir con más alegría de estas celebraciones.
Hagamos caso a san Pablo: «Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él» (Rm 6, 8); porque la muerte ya no tiene dominio sobre él (cf. Rm 6, 9), ni sobre nosotros.
Mucha gente piensa que no hay nada después de la muerte temporal. Pero los cristianos damos testimonio de que hay vida más allá. Es lógico que en la separación haya dolor; pero éste no quita el gozo interior y la alegría de pensar que la vida continúa.
Quien ha resucitado en Cristo «vive para Dios» (Rm 6, 10). «Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rm 6, 11). Gocemos, pues, de la vida nueva en Cristo y seamos testigos de ella.
4.- Jesús es muy exigente y nos pide en el evangelio varios compromisos. En primer lugar, exige el amor a él por encima de todo otro amor (cf. Mt 10, 37). Y esto se ha interpretado en ocasiones de manera equivocada. Esta frase no debe leerse en clave excluyente; porque el amor a Jesucristo no anula el amor a la propia familia y a los demás; al contrario, promueve el amor al prójimo.
En segundo lugar, Jesús nos invita a cargar con la propia cruz (cf. Mt 10, 38). Esta frase ha sido interpretada en ocasiones como la obligación de aceptar lo que la vida nos depara con los sufrimientos que nos sobrevienen. Pero el sentido genuino de «cargar con la cruz» es ser buenos discípulos suyos y seguirle; porque la cruz la lleva él: El «Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes» (Jr 53, 6); «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17). Cargar la propia cruz es seguir a Jesús, que cargó conmigo y me llevó sobre sus hombros; cargar la propia cruz es seguir sus pasos, vivir como él, tener los mismos sentimientos que él (cf. Flp 2, 5).
Y, en tercer lugar, Jesús incluye también la posibilidad de sufrir por fidelidad al amor hasta el final: «El que pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 10, 39). El Señor no pide a todos el sacrificio cruento de su vida; más bien nos pide que ofrezcamos nuestra vida cada día; morir poco a poco a los propios deseos y planes.
Y, finalmente, Jesús se identifica con sus enviados: «El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado» (Mt 10, 40). Dios Padre envía a su Hijo; Jesús envía a sus apóstoles; y éstos envían a sus sucesores; de este modo la cadena va transmitiéndose hasta el final de los tiempos. Somos enviados por Jesús como apóstoles para hacerle presente en nuestro mundo.
5.- Demos gracias al Señor por este curso que termina, por los muchos dones que Dios nos ha concedido, por el esposo o la esposa con quien comparto mi vida, por cada uno de nuestros hijos; por cada persona cercana, que es auténtica familia, aunque no sean familia de sangre; por los amigos; por los compañeros de trabajo.
Los cristianos somos hoy los mejores testigos, por no decir casi los únicos, de la verdad y de la bondad del matrimonio y de la familia; instituciones tan denostadas hoy. Y las leyes nuevas sobre ellas no van a su favor, desde el punto de vista cristiano. El Señor nos pide que seamos fieles seguidores suyos y testigos de la bondad y del regalo de estas instituciones.
Ojalá sepamos transmitir a las nuevas generaciones la hermosura de esta institución divina, que es anterior a todos los gobiernos y a las leyes positivas. El papa León XIV, en su discurso al Parlamento Español, dijo: «Toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes». Las leyes positivas no quedan consolidadas si no están en sintonía con el respeto a la verdad y a la vida; porque hay leyes que van en contra del ser humano.
Termino con unas palabras del papa dedicadas a la Virgen María: «En la Santísima Virgen tenéis a vuestra primera compañera de camino y vuestro principal tesoro, pues ella nos muestra con su vida cómo acoger la Palabra y custodiarla en el corazón, cómo acompañar en este itinerario a los discípulos y permanecer presente en el camino de la Iglesia como madre de comunión y de esperanza» (Discurso en el Encuentro con los Obispos de España. Madrid, 8.VI.2026).
Hoy damos gracias al Señor por nuestro fundador, el padre Henri Caffarel, que ha sido reconocido por el papa León XIV, el pasado 23 de marzo, como Venerable Siervo de Dios.
Pedimos la intercesión de la Virgen María, para que nos ayude a vivir según las enseñanzas de su Hijo Jesús, siendo buenos discípulos suyos y buenos hijos de tan tierna Madre. Amén.
