San Antonio de Padua, franciscano, doctor de la Iglesia y maestro de predicadores se tomó a pecho aquello de predicar “a tiempo y a destiempo”; y, según cuentan las crónicas, en un momento en el que los destinatarios de su predicación se burlaban de él, dirigió su plática a los peces de un estanque cercano, los cuales sacaron la cabeza del agua para escuchar con gran devoción lo que los demás se negaban a oír.