En mayo de 1970 participé en un Cursillo de Cristiandad. Aquella experiencia basada en el encuentro con una Iglesia hasta entonces desconocida para mí, marco un hito en mi existencia. Recuerdo que entre aquellos “rollos”, que se impartían por unos “locos con apariencia de seres normales”, me impacto especialmente uno que me impartió Paco Gómez Raggio bajo el título de “Seglares en la Iglesia”. En aquellos días, en plena efervescencia del Concilio Vaticano II, a un jovenzuelo de veintipocos años, como tenia yo entonces, con ganas de comerme o cambiar el mundo, este mensaje, en el que se explicaba la extraordinaria dimensión del trabajo de los laicos en la Iglesia, le puso “en órbita” y le hizo cambiar sus prioridades.