En mayo de 1970 participé en un Cursillo de Cristiandad. Aquella experiencia basada en el encuentro con una Iglesia hasta entonces desconocida para mí, marco un hito en mi existencia. Recuerdo que entre aquellos “rollos”, que se impartían por unos “locos con apariencia de seres normales”, me impacto especialmente uno que me impartió Paco Gómez Raggio bajo el título de “Seglares en la Iglesia”. En aquellos días, en plena efervescencia del Concilio Vaticano II, a un jovenzuelo de veintipocos años, como tenia yo entonces, con ganas de comerme o cambiar el mundo, este mensaje, en el que se explicaba la extraordinaria dimensión del trabajo de los laicos en la Iglesia, le puso “en órbita” y le hizo cambiar sus prioridades.
Después lo he explicado en un montón de ocasiones a cuantos me han querido escuchar; el entender estos conceptos es cada vez más importante, dada la escasez de vocaciones, lo que trae consigo la necesidad de la incorporación de los seglares a la predicación y transmisión del Evangelio. El Papa Francisco manifiesta su esperanza en los no consagrados, idea que ya nos manifestaba Monseñor Sebastián cuando nos afirmaba que en el Siglo XXI teníamos que implicarnos los seglares o no habría una evangelización suficiente.
Hay un punto intermedio entre los seglares y los sacerdotes que ocupan los diáconos permanentes. Una figura recuperada de las primeras comunidades por el Concilio Vaticano II. Lo están haciendo muy bien y prestando un excelente servicio a la Iglesia. Hace varios días he tenido la oportunidad de comprobarlo con motivo de mi asistencia a un funeral en el Cementerio de Málaga. El celebrante (un diácono permanente) ofició una celebración extraordinaria, que animó a los dolientes más cercanos, evangelizó a los creyentes y no creyentes, y nos permitió acercarnos al Señor en un momento difícil y al que estamos acostumbrados a asistir desde la lejanía, cuando no la indiferencia o el compromiso. Nos explicó con amor y temblor, con precisión, cabeza y corazón el paso triunfal de la vida a la muerte, el mensaje para los que nos quedamos y el papel del celebrante, en este caso, un hombre casado y con hijos que está capacitado y autorizado por la Iglesia e investido del Espíritu a través del Sacramento del Orden Diaconal.
No me quedé con su nombre cuando me acerque a felicitarle así como a agradecerle su intervención, es lo mismo. Lo importante es que está ahí, y me ha hecho creer una vez más en el papel tan importante que tenemos todos en la Iglesia de Jesús.
Una vez voy a publicar este artículo me llega la noticia del fallecimiento del Padre Fernando Jiménez Villarejo. Además de compartir con él muchos cursillos, conviví de forma especial en dos ocasiones: en el Jubileo del 2000 en el que trabajamos mucho en comandita y en la peregrinación a Tierra Santa. El Señor nos ha bendecido con su persona. Descansa en paz como vivió, junto al Padre.
