"Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios" (Rom 8,14), nos exhorta el apóstol Pablo. El Espíritu Santo no puede ser el “gran desconocido”. Como dice Pablo: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu que se nos ha dado” (Rom 5,5). Él es el agente principal de la vida espiritual, quien promueve la vida teologal -vida en fe, esperanza y caridad- que nos une más íntimamente a Cristo y nos ayuda a realizar en nuestra vida la voluntad del Padre.