Queridos diocesanos, hermanas y hermanos de Málaga y Melilla.
A menudo se entiende la Cuaresma como una segunda oportunidad para retomar los buenos propósitos de inicio de año. Pero la Cuaresma es mucho más que eso; es un tiempo propicio en el que Dios nos ofrece su gracia, no para realizar cambios superficiales o estéticos, sino para afianzar nuestra conversión al Evangelio de Jesucristo. Él nos muestra el corazón compasivo del Padre que ama a todas sus criaturas, especialmente a quienes más sufren.
En su primera exhortación apostólica, el papa León XIV nos invita con fuerza a encontrarnos con los pobres. Por ello, os animo a hacer de este documento nuestra lectura espiritual durante este tiempo de Cuaresma, y a abrir el corazón a las inspiraciones con las que el Espíritu Santo os visitará al meditarla.
Desde sus primeras palabras —Dilexi te (“Te he amado”), dirigidas por el vidente del Apocalipsis a una comunidad cristiana despreciada—, el Papa nos urge a descubrir en los pobres el rostro y la carne sufriente de su Hijo Jesús. Esta mirada contemplativa no surge de manera espontánea: es fruto de una relación profunda con el Señor y de una cercanía real con quienes viven en la necesidad. No basta con hablar de los pobres o reflexionar sobre la pobreza; es imprescindible hacerles un lugar más amplio en nuestra vida diaria y en nuestra oración. Sólo así podremos conocer y presentar a Dios sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias. Sólo así podremos valorarlos, amarlos y servirles como Jesús y con Jesús, y acoger las enseñanzas y llamadas que Dios nos dirige a través de ellos.
«¿Qué espacio ocupan los pobres en mi vida cotidiana y en mi presupuesto?, ¿presento ante Dios sus necesidades y doy gracias por su fe y sus aportaciones?, ¿los considero un problema social distante o una “cuestión familiar” que me implica?»
Llevar ante Dios la vida de las personas necesitadas y llevar a ellas el amor de Dios transformará también nuestra propia mentalidad, tantas veces condicionada por discursos ideológicos interesados; pues, como ha señalado el Papa, «el hecho de que el ejercicio de la caridad resulte despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial, me hace pensar que siempre es necesario volver al Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana».
A modo de resumen, os propongo algunas cuestiones a incluir en un examen de conciencia cuaresmal, auténticamente evangélico: ¿qué espacio ocupan los pobres en mi vida cotidiana y en mi presupuesto?, ¿presento ante Dios sus necesidades y doy gracias por su fe y sus aportaciones?, ¿los considero un problema social distante o una “cuestión familiar” que me implica?, ¿trabajo para que nuestra comunidad cristiana sea cada vez más samaritana con las personas y los pueblos descartados?, ¿cómo me sitúo ante los bienes materiales, ante el consumo y ante la hermana madre Tierra, tan necesitada de nuestro cuidado, para favorecer una sociedad más justa y fraterna, en la que todos los hijos e hijas de Dios podamos vivir con dignidad?
Un saludo muy cordial, en el Señor.
