Francisco tiene 25 años, ha estudiado una carrera superior y en la actualidad se encuentra dando sus primeros pasos profesionales con un contrato en prácticas.

Es un chico normal, al que le gusta pasar tiempo con los amigos y la familia, y entre sus aficiones está el fútbol y también la música, que practica casi diariamente tocando la guitarra.

Nació en una familia no creyente, pero el Señor quiso hacerse presente en su vida y llamarle a su seguimiento. Su historia es una de las muchas historias de encuentro personal con Cristo. Como el apóstol Pablo, del que hoy conmemoramos su conversión camino de Damasco, hombres y mujeres de todos los tiempos han visto cómo sus vidas cambiaban radicalmente tras conocer a Jesús de Nazaret en primera persona. Ese encuentro, en la mayoría de las ocasiones, se esconde bajo la apariencia de las cosas sencillas, surge entre los pequeños quehaceres de la vida diaria, pero el que lo protagoniza sabe que supone un antes y un después en toda su existencia.

El testimonio de Francisco, feligrés de una parroquia de Málaga capital, es un ejemplo de las nuevas conversiones, que se siguen produciendo.

El testimonio que hoy les presentamos es anónimo. Esto no responde a una mal entendida humildad por parte de su protagonista, sino a que tras la experiencia de nuestro entrevistado, se encuentran cientos de malagueños que, como san Pablo, han tenido la suerte inesperada de encontrarse con el Señor en el camino de la vida.

A Francisco esto le ocurrió cuando apenas entraba en la adolescencia. “A los doce años supe que no estaba bautizado. Mis padres eran ateos convencidos, sin embargo yo sentía unas ganas enormes de recibir el bautismo. No sabría explicar la razón, pero supe que tenía que hacerlo, me hacía mucha ilusión. Una vez que entré a formar parte de la Iglesia, supe que no me había equivocado.”

¿Por qué decidiste recibir el bautismo y la comunión a una edad en que ya las cosas te venían dadas de otro modo?

– La verdad es que no tenía conciencia de que mi situación era distinta a las demás, y tampoco sabía qué significaba ser cristiano de una manera adulta, sin embargo sentía esa necesidad dentro de mí. Con el tiempo y habiéndolo madurado, me he dado cuenta de que no me he equivocado y que es la mejor opción de vida que he podido elegir.

¿Cómo reaccionaron los que te conocían, tu familia, amigos...?

– Muy bien, nunca he tenido ninguna oposición. Es más, mis padres, siendo ateos convencidos, me animan a que haga las cosas en las que creo. Mis amigos lo saben y lo respetan, y no creo que me vean como a un bicho raro, sino como a alguien con inquietudes espirituales. Lo que para unas personas es la vida, para otras es diferente. Creo que el respeto y el deseo de que sea feliz es lo que recibo de ellos.

¿Qué apoyo encontraste en la Iglesia?

– La Iglesia es como una familia, de modo que siempre, desde que llegué, tengo las puertas abiertas y es como mi casa. Todos podemos tener una opinión sobre lo que hace bien o hace mal, pero en el fondo lo que vivo en la Iglesia es una experiencia compartida de Jesús y de Dios y, a partir de ahí, da lo mismo que seamos diferentes o no, porque la clave, al menos para mí, es encontrarse con Jesús.

¿Qué te dice el testimonio de Pablo y su conversión?

– Pues que Jesús te cambia la vida en un momento aunque tú no quisieras. Y que, además, eso puede ser una de las mejores experiencias, por no decir la mejor, que te puede pasar en la vida. A mí personalmente me invita a vivir orientado hacia los demás, tratando de verlo en cada persona. Siento al Señor en todo lo que hago, en las personas que me encuentro.

Además, Él me ayuda a conocerme a mí mismo y saber quién soy. Encontrarse con el Señor es hacerlo con lo mejor que tenemos. ¿Acaso no merece la pena complicarse la vida por encontrarla?