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Los encuentros
A lo largo de este fin de semana cientos de jóvenes malagueños están participando en la Jornada Mundial de la Juventud que tiene lugar en Sydney (Australia). Otros muchos se han unido a compañeros de toda Andalucía para seguir juntos las retransmisiones del evento y participar en numerosas actividades desde la aldea de El Rocío, en Huelva.
Pero sería un error pensar que este gran acontecimiento mundial es sólo para los jóvenes. En una reciente intervención, el Papa Benedicto XVI se refirió a esta Jornada e invitó “a toda la Iglesia a sentirse partícipe de esta nueva etapa del gran peregrinar juvenil por el mundo, iniciado en 1985 por el Siervo de Dios Juan Pablo II. (...) De cada rincón de la tierra, los católicos se unirán a mí y a los jóvenes reunidos, como en un Cenáculo, en Sydney invocando intensamente al Espíritu Santo, para que inunde los corazones de luz interior, de amor por Dios y por los hermanos, de valiente iniciativa en el introducir el eterno mensaje de Jesús en la variedad de idiomas y culturas”.
Todos estamos, por tanto, llamados a participar en esta Jornada Mundial, ayudando y animando a los jóvenes a participar, siguiendo las retransmisiones que ofrecerán distintas cadenas de radio y televisión, rezando para que el desarrollo de tan complejo evento sea satisfactorio y, lo más importante, para que los frutos de este encuentro sean muchos y alimenten a toda la Iglesia Universal.
Y es que los jóvenes participantes son, en realidad, los enviados especiales de las distintas comunidades cristianas repartidas por el mundo, para hacer presente nuestra fidelidad a Cristo y a la Iglesia representada en la figura del Santo Padre. Asimismo, los jóvenes, como buenos corresponsales, tienen el deber de compartir con el resto de la comunidad lo que allí hayan visto, oído y vivido. En este nuevo Pentecostés, como el propio Papa ha denominado al encuentro, los jóvenes recibirán la fuerza del Espíritu, una fuerza que traerán a nuestras parroquias para revitalizarlas e impulsarnos en nuestra misión de “ser sus testigos”.
Pero esta llama encendida puede apagarse rápidamente si no es protegida, por el resto de la comunidad, de los fuertes vientos que hoy en día tratan de apartar a los jóvenes de Dios. Todos estamos llamados a cuidar y alentar a nuestros jóvenes, porque no es que vayan a ser el futuro de la Iglesia, sino que son ya, con pleno derecho, miembros vivos de la Iglesia.
