El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Un día en el que se recuerda el 8 de marzo de 1908, cuando 129 trabajadoras morían abrasadas en la fábrica “Cotton”, de Nueva York, por defender sus derechos.
Es importante destacar los avances que en estos años se han producido en la defensa y el reconocimiento de los derechos de las mujeres para superar las dificultades que suponen en el día a día compaginar trabajo y familia, y para reclamar medidas que garanticen la protección a las mujeres que sufren malos tratos.
Según las cifras ofrecidas por la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), la tasa de paro en las mujeres es casi el doble que en los hombres. Las mujeres desempeñan ocho de cada diez empleos a tiempo parcial. Ganan un 32% menos de media que los hombres. La cuantía de las pensiones es menor en las mujeres.
De los 1.300 millones de pobres que hay en el mundo, el 70% son mujeres. De todos estos datos se llega a la conclusión de que la pobreza tiene rostro de mujer, joven e inmigrante.
¿Qué tiene que decir la Iglesia ante esta situación? ¿Qué papel desempeña la mujer en la Iglesia?
La propuesta concreta de Pastoral Obrera con este Día Internacional de la Mujer Trabajadora es “la reflexión profunda en el seno de la Iglesia que posibilite tomar conciencia sobre la situación de desigualdad en la sociedad y en la Iglesia, y la necesidad de su participación plena en ellas, en igualdad”.
La Iglesia ha dejado claro su interés por este tema. Cuando se cumplen 20 años de la carta apostólica “Mulieris dignitatem” de Juan Pablo II, la Santa Sede ha celebrado recientemente un congreso sobre la mujer. El objetivo era analizar tanto el aporte que mujeres concretas han dado a la Iglesia y al mundo, como la contribución del cristianismo en la promoción de la mujer.
El papa Benedicto XVI denunció en este congreso “antiguas y nuevas discriminaciones contra la mujer, que van desde abusos machistas hasta el uso publicitario de la mujer objeto”. “Hay lugares y culturas en los que la mujer es discriminada y minusvalorada sólo por el hecho de ser mujer, denunció Benedicto XVI, en los que se recurre incluso a argumentos religiosos y a presiones familiares, sociales y culturales para defender la disparidad de los sexos, en los que se perpetran actos de violencia contra la mujer, haciendo de ella objeto de malos tratos o de abusos en la publicidad y en la industria del consumo y de la diversión”.
Es sólo un fragmento actual de los muchos documentos y discursos que se han publicado en la Iglesia en estos últimos 20 años.
El mejor porcentaje que podemos presentar es el testimonio de algunas mujeres que viven en primera persona la conciliación de la vida familiar y laboral. Gracias a Dios, algunas empresas facilitan la reducción de jornada mientras los hijos son pequeños, y no aprovechan el embarazo o la baja materna como excusa para rescindir el contrato laboral, pero queda mucho por hacer.
María A. T. F tiene 39 años, está casada y tiene tres hijos de entre cinco y diez años. Trabaja en un colegio de educación primaria, donde está a cargo de un grupo de niños que asisten al aula matinal y al comedor escolar.
María ha tenido un trabajo estable durante un tiempo largo, escasamente remunerado pero que le permitía compaginarlo con la vida familiar y dedicar tiempo a sus hijos para educarlos y verlos crecer.
Según María, “el único camino para conseguir un futuro mejor para la mujer trabajadora es la búsqueda del equilibrio entre la vida familiar y la vida laboral, eso de lo que tanto se habla en tertulias políticas y tan poco se hace en la vida real. Una clara muestra de ello es el notable incremento de los padres que participan de todas las tareas al mismo nivel que las madres”.
Para María, la Iglesia tiene una misión muy importante ante el trabajo: denunciar las situaciones en las que el mundo laboral va comiendo cada vez más terreno al mundo familiar, con las consecuencias que esto produce en detrimento de la educación de los hijos, lo que está pasando factura en muchas familias.
