El Papa, en su mensaje para la Jornada de la Paz, que celebraremos el día 1 de enero, afirma que la familia es la primera educadora para la paz. Sin embargo, las últimas noticias nos advierten de la inmensa cantidad de niños que sufren en sus propias carnes el drama de la violencia doméstica, el abuso, la marginalidad y el abandono.

Muchos de ellos, 90.000 según los datos oficiales, son privados cada año del derecho más fundamental, el derecho a la vida, y no llegan a nacer porque sus madres así lo deciden. Es fácil ver donde se encarnan hoy aquellos santos inocentes, y dónde la mano ejecutora de Herodes, que sigue viendo en los niños un obstáculo para el bienestar de los adultos. Hoy hablaremos por aquellos que nuestra sociedad no escucha, aquellos que gritan desde las silenciosas paredes del vientre materno o los centros de acogida.

Entre los centros dedicados a acoger a los menores en situación de desprotección en Málaga, cinco son regentados por entidades religiosas. La congregación de los Ángeles Custodios dirige uno en la Avda. Juan Sebastián Elcano. Edurne Lequerica es su directora.

En él se da vivienda y atención a los chavales, chicos y chicas, derivados por la Junta de Andalucía. El centro tiene una capacidad máxima de 20 personas y se encuentra al límite de su capacidad. Psicólogos, trabajadores sociales y religiosas reciben a niños cuyas edades van desde los 0 a los 17 años. Suelen acudir por problemas derivados de familias desestructuradas, en muchos casos sus padres se encuentran en prisión, víctimas de la droga o viven en situación de extrema exc lusión social. Los niños encuentran en el centro un hogar y son tratados de forma personalizada, según sus necesidades.

Así ocurre también en la Ciudad de los Niños, de los Hermanos Obreros de María, donde residen actualmente 49 niños de entre 3 y 18 años de edad.

El objetivo es que la estancia en estos centros sea provisional, pero muchos pasan años a la espera de ser “reconducidos” por los servicios sociales. «El problema está cuando cumplen la mayoría de edad –explica Edurne Lequerica–. En otros sitios sí, pero en Málaga no existe una salida asistencial para ellos. O regresan al hogar del que proceden, posiblemente para vivir de nuevo aquello que los obligó a ingresar en el centro de acogida, o se independizan». Por ese motivo, en estos centros no se contentan con cumplir lo que marca la ley, sino que su carisma cristiano les lleva a hacer un plus: «trabajamos para que aprendan a ser personas, que descubran todo lo bueno que hay en ellos y que lo aporten a la sociedad», explica Lequerica. Incluso, a posteriori, los que han trabajado con ellos tantos años realizan un seguimiento de estos niños y jóvenes, para saber qué es de sus vidas y poder ayudarles siempre que les haga falta.

Otro grave problema que afecta a los niños y jóvenes hoy es la incorrecta educación que muchos reciben. Lequerica nos explica que llegan a los centros pidiendo a gritos que se les marquen límites, que se les enseñe lo que está bien y lo que está mal, que se les eduque, porque nadie lo ha hecho antes. Igual que nunca nadie les ha valorado por lo que son, y no por el grado de satisfacción que pueden dar a los mayores.