En 1991 se presentó un documento de la Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Española llamado “Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo” (CLIM). Pretendía ser un análisis serio de la situación de los seglares en España y una invitación a que todos seamos corresponsables en la vida de la Iglesia, con nuestra presencia y participación en todos los ámbitos de la vida pública.

Cristianos en el mundo, al servicio de los hermanos

Uno de los puntos de este documento se refiere al tema de actualidad que les proponemos hoy en este semanario: los ministerios laicales. “Las parroquias animarán la disponibilidad de los laicos (hombres y mujeres), que son la mayoría de la Iglesia y han de ejercer la mayor parte de los ministerios y servicios de la comunidad –se afirma en el documentopara ejercer aquellos ministerios y servicios que les sean confiados y que tienen su fundamento en el bautismo y la confirmación y para muchos, además, en el matrimonio”.

Dos de estos ministerios son los de acólito y lector, que recibirá este domingo 10 de julio, Juan José Pastilla, en la iglesia Santa María del Mar (en Playamar), a las 20,30 horas, de manos del Sr. Obispo.

Como nos decía el documento titulado “Cristianos Laicos Iglesia en el Mundo” (CLIM) las parroquias deben buscar cauces para que los ministerios laicales sean una realidad. Sin embargo, a la hora de hacer un reportaje, nos damos cuenta de que el tema parece ser un gran desconocido dentro de nuestra diócesis. Algunos sacerdotes afirman que “la estabilidad de la línea pastoral de una parroquia depende de estos ministerios laicales; es decir, del compromiso de los seglares. Esto hace que, cuando el párroco sea trasladado de parroquia, no se pierda el trabajo que se está llevando a cabo en ella, pues los párrocos pasan y la parroquia continúa y ningún párroco está autorizado a eliminar estos ministerios que ha conferido el Obispo”.

El profesor de Eclesiología y de Introducción a los Sacramentos, Monseñor Francisco Parrilla, recuerda que por el Motu Propio “Ministeria Quaedam”, de Pablo VI, publicado el 15 de agosto de 1972, se instituyen los ministerios laicales de acólito y de lector, que se pueden conferir a los laicos que no aspiran al ministerio sacerdotal, ni siquiera al diaconado.

Los ministerios instituidos, los que se confieren oficialmente, sólo son, hoy por hoy, los de lector y acólito. Pero, en la práctica, no son los únicos que existen: de hecho, “en la Iglesia todos tenemos una misión a realizar que constituye parte de la misión total de Jesucristo –afirma D. Francisco Parrilla-, en la Exhortación “Evangelii Nuntiandi” se afirma que los seglares pueden colaborar ejerciendo ministerios muy diversos, por eso existen muchos servicios, por ejemplo, el de la caridad, la catequesis, el responsable de economía, el que cuida de los enfermos, de los presos, los responsables de comunidades, o el informador de las buenas noticias parroquiales”. Basta que estas tareas se realicen con la debida preparación, de forma habitual y con el testimonio de vida. La cuestión está en ver qué necesidades concretas son las que hay en cada comunidad cristiana, para darles una solución.

Podríamos llegar a pensar que estos ministerios se confunden, en muchas ocasiones, con las funciones de los sacristanes y monaguillos.

D. Francisco Parrilla opina que no tienen por qué confundirse con el digno quehacer del sacristán, ya que el sacristán es el responsable del cuidado de la parroquia, de los libros sacramentales, los ornamentos y vasos litúrgicos, de la preparación del altar, de la acogida inmediata de las personas que llegan a la parroquia, y otras muchas tareas. Aunque no descarta la idea de que esta misión concreta y necesaria se podría convertir en un ministerio instituido.

Uno más de entre los seglares es el que recibe los ministerios de lectorado y acolitado, y digo uno porque aún no está contemplado en ningún documento que las mujeres puedan recibir estos ministerios.

“Lo que estableció Pablo VI fue un paso que nacía de la recuperación del sentido de la Iglesia como Pueblo de Dios, como Cuerpo de Cristo, de la llamada universal a la santidad. Era un modo de hacer valer en la iglesia la condición “seglar”. Porque, ningún acólito, ni lector es clérigo, sino que siguen siendo seglares, a los que el obispo y la comunidad parroquial les han hecho un encargo concreto para el mejor servicio de la Iglesia y la mejor evangelización”, asegura D. Francisco.