El 27 de julio, domingo más cercano a la fiesta de los abuelos de Jesús, santa Ana y san Joaquín, se ha celebrado la V Jornada Mundial de los Abuelos y los Mayores, bajo el lema "¡Feliz el que no ve desvanecerse su esperanza!" (cf. Eclo 14,2). La Delegación de Pastoral Familiar ha pedido este año a un abuelo, el psicólogo José Antonio García Carballeda, que comparta con todos los lectores una carta sobre lo que él denomina el abuelazgo cristiano.
La V Jornada Mundial de los Abuelos y Mayores está a las puertas. Pastoral Familiar de @DiocesisMalaga invita a vivirla y celebrarla agradeciendo tanto bueno… pic.twitter.com/aghAkkv2wT
— PastoralFamiliarMlg (@PFamiliarMlg) July 24, 2025
Queridas abuelas, queridos abuelos:
¡Qué alegria poder leernos hoy! Y más aún para hablar de una etapa preciosa de nuestras vidas: el abuelazgo. No sólo es una nueva etapa, ¡es una vocación, una misión! Una oportunidad única de amar, cuidar y evangelizar.
Los abuelos hoy
La mayoría de nosotros ya estamos liberados de nuestro trabajo, jubilados... disfrutando de mucho tiempo libre. En una etapa anterior hemos construido con nuestros hijos una familia a la que amamos, familia que ha ido creciendo con la incorporación de yernos y nueras y más tarde con el regalo de unos nietos; un nuevo tesoro en nuestras vidas.
En el mundo de hoy, la mayoría de los padres y madres tienen una extensa dedicación laboral; esto reduce el tiempo de dedicación a los hijos, y la sufren sobre todo las madres, en las que antes recaía básicamente la crianza y atención directa de los hijos. Todos somos conscientes de las dificultades que ellos tienen para conciliar su vida laboral con la vida familiar.
Y aquí estamos las abuelas y los abuelos, que ofrecemos nuestro tiempo y nuestras posibilidades a los nietos, un tiempo que tal vez no tuvimos con nuestros hijos. Es que estamos en una nueva etapa de nuestra vida, la del abuelazgo. Etapa que se demuestra con hechos pues hacemos y vemos cosas como estas: Unos, muy de mañana, recibimos a los nietos en nuestra casa o vamos a atender al que está enfermito; otros los pasean por las calles en sus carritos; vemos a otros llevarlos a la guardería y al colegio, también a recogerlos e incluso llevarlos al pediatra; los acompañamos a sus actividades extraescolares y deportivas, acudimos a sus partidos de fútbol o de baloncesto; incluso dedicamos tiempo al ajedrez, con despistes, para dejar que nos ganen... ¡Qué ternura nos brota cuando vemos a una abuela o a un abuelo pasear a un pequeño bebé dentro de la mochilita que lleva sobre el pecho! ¡Cuánto amor derrochan las abuelas!
Una relación rica en amor
Signos de nuestro abuelazgo es que nos damos amándolos, los segurizamos con nuestra entrega, les ofrecemos una relación interpersonal cargada de lazos emocionales; encuentran en nosotros refugio de confianza; les ayudamos a sentirse parte de la familia cuando les relatamos ocurrencias y travesuras de su padre o de su madre cuando éstos eran pequeños, de lo que se hacía en casa, de sus tradiciones… ¡Cuántas batallitas e historias les transmitimos y cómo las disfrutan…! Pero, en toda esta tarea de amor no solo ponemos en juego la experiencia y la sabiduría que nos dan los años, sino que también les transmitimos la fe que recibimos y que vivimos; una fe que impregna, rezuma y da sentido a nuestras vidas y que reflejamos en nuestra relación con los nietos. ¡Cuánto que enseñar y cuánto pueden aprender de nosotros!
Mediadores en la transmisión de la fe
Nosotros podemos ser unos cualificados mediadores en la transmisión de la fe. La fe es un don, dado por la gracia de Dios, y se recibe y vive a través de muchos mediadores y medios: los padres y otros familiares, los catequistas y educadores, las experiencias vividas, los acontecimientos y las vivencias… son los mediadores. Los padres de nuestros nietos son los mediadores más importantes, pero también estamos los abuelos.
¿Y cómo mediar? El papa Francisco nos lo dijo en una homilía: «el primer requisito para la transmisión de la fe es el amor, y el segundo, el testimonio cada día de aquello en lo que se cree que es justo a los ojos de Dios». Amor y ser ejemplo de lo que es justo a los ojos de Dios. ¿No reunimos los abuelos estos requisitos? No nos escudemos en que nadie puede dar lo que no tiene. Sí, podemos. Podemos ser mediadores en la transmisión de la fe y solo hay una manera de transmitir la fe, si la vivimos, ¡y la vivimos! ¡Si nuestra copa rebosa, se derramará en los nietos!
¿Cómo ejercer el papel de mediadores en la transmisión de la fe?
En nuestra intervención tendremos en cuenta sus edades, de qué son capaces, y qué es lo que necesitan. No se trata de adoctrinarlos, sino de transmitirles maneras de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Ellos, para poder amar a Dios, necesitan primero sentirse amados; luego aprenden a amarse a sí mismos, después a amar a los otros como hijos de Dios y, desde esta base, llegan a descubrir que Dios es Amor al que amar. En su desarrollo, perciben a Dios primero según sus necesidades (como el que los va a proteger, les da seguridad, les consuela), después le atribuirán cualidades humanas (es el padre bueno que les cuida, les ayuda, les perdona, les protege…), descubren que Dios también ama a los demás y llegarán a abrirse a Dios. Benedicto XVI nos decía que «desde que son pequeños, tienen necesidad de Dios y tienen la capacidad de percibir su grandeza; aprecian el valor de la oración y de los ritos, así como intuyen la diferencia entre el bien y el mal».
Y ya desde pequeños manifiestan su curiosidad y nos hacen muchas preguntas, preguntas a veces difíciles de responder: ¿por qué Dios es nuestro Padre? ¿Y por qué lo sabe todo? ¿Y dónde está Dios, dónde vive? ¿Y por qué no lo vemos? ¿Quién hizo a Dios?... ¿Por qué nos perdona? ¿Por qué no para las guerras?…
La importancia de nuestro ejemplo
Al relacionarnos con ellos, somos modelo de dar amor y lo sienten, y somos testimonio de lo que creemos. Vamos a transmitirles que existe un Dios creador y Padre que nos ama; un Hijo, Jesús, que por amor murió y nos espera en el cielo, y seremos modelo de cómo amar a los demás.
Transmitimos experiencias religiosas si nos oyen ofrecer a Dios el día que comienza, cuando le damos gracias al bendecir la mesa; si nos ven hablarle a Dios con fervor, si ven que entramos en una iglesia para saludar al Señor que nos espera en el Sagrario, si nos paramos ante Jesús Crucificado y lo alabamos por su entrega en la cruz; al recitar un Padrenuestro despacio y con sentido; si nos oyen orar por la paz, por los que sufren las guerras o los desastres naturales…; si les comentamos que vamos o venimos de una Eucaristía, que nos hemos confesado, que le rezamos a la Virgen… y, si son mayores, transmitirles cómo es el Señor el que da sentido a nuestras vidas.
Y no solo somos ejemplo de lo que creemos, también de que hacemos lo que es bueno y justo a los ojos de Dios. Si ven que no solo doy limosna sino que trato y escucho al que me pide; cuando me ven compartir lo que tengo con los demás; al mostrar que me preocupo y atiendo a quien está a mi lado; al escuchar que disculpo a quien hizo mal; al ver que perdono, que no miento ni les engaño; a no culpabilizarlos por sus errores y animándolos a no repetirlos; al comentarles que dedico un tiempo a Cáritas o a una ONG… Somos ejemplo de cómo se pueden vivir los valores cristianos, fundados más en el amor y también en la justicia.
En nuestra relación, posibilitamos que sean ellos los que vayan incluyendo a Dios en su vida, lo tengan presente, hagan referencia frecuente a Él; sepan que está, ama, perdona, ayuda, consuela…; y puedan relacionarlo con hechos de su vida diaria, en casa, con los hermanos, con los compañeros en el cole… Tendrán oportunidad de actuar a la manera de lo que Dios quiere, y a perdonar; le darán gracias por las alegrías y le pedirán su ayuda en las dificultades y tristezas; y tendrán oportunidad de renunciar a algo para darlo o compartirlo, … Y de todo ello podemos servir de ejemplo de cómo hacerlo.
Preciosa tarea la que tenemos en nuestras manos. ¡Confiemos en el Señor! Él nos dará fuerzas y luces para contagiar, inducir, transmitir la fe a nuestros nietos.
Señor Dios nuestro:
Aquí nos tienes pidiéndote luz para de ser transmisores de la fe a nuestros nietos. Ayúdanos a ser mensajeros de tu amor, humildes apóstoles de tu perdón, brazos acogedores y mentes orientadoras de sus almas, guía segura de su caminar hacia Ti. Acompáñanos en nuestra entrega y concédenos tu bendición. Tú que vives y reinas en el amor, por los siglos de los siglos. Amén.
Y no olvidéis: ¡No hay jubilación para el amor ni para la fe! Somos abuelos cristianos con una gran misión en el corazón. ¡Feliz abuelazgo cristiano!
¡Celebrémosla juntos!
En esta jornada, los delegados de Pastoral Familiar, Rosa Bejarano y Ramón Acosta, invitan a que «la celebremos con ellos, con los abuelos y mayores; con la comunidad, especialmente en la parroquia. Tiene que ser una jornada de acción de gracias por todo lo que nos han dado, de servicio para dar respuestas a sus necesidades, y de integración, creando espacios en los que sigan aportando su “sabiduría” a la comunidad».
Y es que, «no podemos someternos a la cultura del descarte. Nosotros apostamos por la cultura del encarte, por estar más cerca de los mayores que nos piden a gritos tiempo, cariño, espacios…; y, al mismo tiempo, contar con ellos. Su experiencia es un regalo para la Iglesia y para las nuevas generaciones», afirman los delegados.
En su mensaje para esta jornada, el papa León XIV afirma que «la vida de la Iglesia y del mundo, sólo se comprende en la sucesión de las generaciones, y abrazar a un anciano nos ayuda a comprender que la historia no se agota en el presente, ni se consuma entre encuentros fugaces y relaciones fragmentarias, sino que se abre paso hacia el futuro».
Es por ello que, «si la fragilidad de los ancianos necesita del vigor de los jóvenes, también es verdad que la inexperiencia de los jóvenes necesita del testimonio de los ancianos para trazar con sabiduría el porvenir. ¡Cuán a menudo nuestros abuelos han sido para nosotros ejemplo de fe y devoción, de virtudes cívicas y compromiso social, de memoria y perseverancia en las pruebas! Este hermoso legado, que nos han transmitido con esperanza y amor, siempre será para nosotros motivo de gratitud y de coherencia», prosigue el Papa.
La Iglesia dedica este día a los abuelos y mayores pero Ramón y Rosa se preguntan: «¿Por qué no dedicar todo el año? Porque se lo merecen; porque, en un mundo que trata de apartarlos y silenciarlos, es necesario visibilizar lo que nos aportan y lo que todavía pueden dar. Esta Jornada Mundial es una ocasión para decir una vez más, con alegría, que la Iglesia quiere festejar con los abuelos y las personas mayores. ¡Celebrémosla juntos!».
