Acaba de aparecer un robot criminal. Una máquina que mata con envidiable precisión mecánica.
El arte de matar es el más puntero, creativo y solicitado de cuantos existen en el mundo. La Historia Universal se desarrolla entre guerra y guerra. Desde la Edad de Piedra hasta nuestros días, la ciencia de la guerra es la más valorada de cuantas han existido a lo largo de los siglos; un misil tierra-tierra tiene más valor y belleza que un cuadro de El Greco. Ciencia y arte ¿se puede pedir más?
Cierto escritor inglés de primeros del siglo pasado, inventó una palabreja singular, “la antiguerra”. Escribió bastante sobre eso. Entre otras cosas, dejó dicho que la humanidad no sería feliz hasta que no sustituyera los cañones por la palabra y la negociación en torno a un café. Negociación tras negociación, insistió, hasta que un país no decidiera invadir a otro para dar de comer a sus hambrientos. Lo consideraron “el tonto la tiza” y la palabreja –antiguerra- nunca entró en los diccionarios. Ni siquiera como neologismo. Mi ordenador la subraya en rojo en cuanto termino de escribirla. ¡Cuánto saben los ordenadores, oye!
Reflexiono en todo esto cuando leo que un grupo de científicos de los más conocidos y punteros denuncian la fabricación de los “robots” criminales. Nadie les hará caso, claro. Las guerras futuras se harán de esta manera mucho más científica, aséptica y civilizada.
Recuerdo que la última guerra, llamada mundial, se hizo digna de tal nombre. La conocida como bomba atómica, destruyó grandes ciudades de Japón. Es más, algunos aseguraron que pudo producirse una destrucción total de la humanidad… De todas formas, estalló. No se sabe, con exactitud, el número de personas que murieron en el acto.
Ni siquiera las que lo hicieron después por su causa. Ahora, mucho más civilizados que entonces y, cuando aún quedan supervivientes de aquella, vamos a dar otro paso adelante cualitativo. Hombre, todo es ponerse. ¿Quedará algún “tonto la tiza” que quiera proponer, por ejemplo, la “invasión” de África? Si, sí; la invasión de Africa por tierra, mar y aire. Lo podríamos hacer con grandes plataformas acuáticas llenas de alimentos, aviones cargados de medicinas y ropillas para los niños; una retaguardia de médicos, enfermeros y maestros…
Ya, ya sé que no lo haremos nunca... Llevamos encima la marca de Caín. Nos acompaña desde entonces. Pero estoy seguro de que el Señor Jesús alentaría esa antiguerra. De todas maneras, hasta que Él no transforme nuestro corazón seguiremos con los modernos robots y las intenciones de toda la vida.
