A lo largo de más de cuarenta años he estado prestando un servicio directo a la Iglesia de Málaga. La misión que se me encomendó fue la de trabajar en la “Primera y la nueva Evangelización”. Esta dedicación nos fue conferida tras una intensa formación, lo que nos permitía acceder al contacto directo con personas que desconocían el Evangelio, lo habían olvidado, o pretendían conocerlo de una forma un tanto desenfocada.
Una de las premisas que sustentaban nuestra evangelización, consistía en “no pedir ni más, ni menos, de lo que nos pide el Evangelio de Jesús”. Una acotación que era muy importante y diría que casi esencial en la proclamación jubilosa del Evangelio. El “kerigma”. Un concepto que recoge tanto la palabra como el testimonio. Posiblemente, uno a uno no lo conseguíamos en su totalidad, pero al tratarse de un equipo, los defectos de unos eran subsanados por otros y al final se obtenían unos resultados aceptables.
Estamos en tiempos convulsos en los que todos nos presuponemos jueces y ejecutores de un Evangelio manejado a nuestra medida. Pontificamos y crucificamos con actitudes próximas a lo de la “viga propia”. Todo lo que dice el Papa ahora nos gusta. Perdón, todo lo que nos interesa. Especialmente en lo que se refiere al “sexo” mandamiento. (Ojo he dicho sexo, no hay errata).
Desde las diversas tertulias, convertidas en púlpitos mediáticos, se valora y califica las intervenciones de todo el mundo. Finalmente adaptando el Evangelio a nuestras vidas y no nuestra vida al Evangelio. Nos permitimos criticar a todo el mundo sin mirar nuestras vivencias o nuestras conciencias. Depende de la hora, presumimos de ser cristianos, católicos, creyentes a secas, agnósticos o ateos. Depende de donde estemos nos ponemos o quitamos medallas y medallitas.
Lo lamento mucho. Pero lo paso muy mal viendo lo mal que llevamos una vida como cristianos y miembros de una comunidad. Lo poco que recurrimos a la corrección fraterna y al perdón. Como usamos un Evangelio “de bolsillo”. Creo que todos, y yo el primero, tenemos que intentar vivir el Evangelio COMPLETO. El de Jesús de Nazaret, no el nuestro. Ni más, ni menos.
