La imagen televisiva de unos hombres martilleando la estatua de Lenin en Ucrania, produce sensaciones de gran hondura. Físicamente, la imagen del gran Vladimir Ullianov Lenin, omnipresente en todas las ciudades, pueblos y rincones de la Unión de Repúblicas Soviéticas -medio mundo en realidad- desapareció hace tiempo pero su larga huella ha estado presente de manera universal hasta hace muy poco. Ahora la martillean.
El pensamiento leninista – el suyo personal- ha muerto. En algunos residuos marxistas ortodoxos se entiende que sin la praxis de Lenin el marxismo resultará imposible, nunca podrá instalarse en la sociedad. Puede. Es que el marxismo más que teoría política es religión. Un instrumento transformador del ser humano que lo convierte en benéfico y fraterno, el “Homo faber”, aquel que se entrega al bien común.
Recordaba todo esto mientras martilleaban la estatua de Lenin. Marx, Engel… Lenin han muerto. Aquel entusiasmo primero ha desaparecido. Quisieron un paraíso sin Dios. El poeta Gradov lo dibujo con frases ideales: “Cada uno de nosotros está interesado en el bien de todos los demás y todos en el bien de cada uno”.
El paraíso no tiene más que un artífice: Dios. Jesús dijo: “el que siembra sin mí, desparrama”
La historia, la “gran maestra” si se la observa con detenimiento y humildad, lo proclama a voces; sin lugar a dudas.
El mundo está ahíto de proclamadores de paraísos, no cree ya en ninguno; ha caído en una suerte de hartura de mitos. Vive en una especie escepticismo hedonista que lo degrada. Solo Jesucristo, el Hijo de Dios, es puerta del Paraiso. Sin Él, todo son estatuas.
