Creo que es la palabra que menos me gusta del diccionario. Su sola mención consigue ponerme nervioso y hacerme perder la paz. Sin embargo estimo que es necesario y que hay que convivir con él. Pero esto no quita que sea el peor mal de la humanidad y la causa de casi todos los conflictos que suceden por el mundo.

Todas las guerras que hemos sufrido hasta ahora, incluidas la de religión, tienen un motivo final relacionado con el “mardito parné”.

Esta reflexión ha llegado a mi mente observando la prisa con que algún partido político ha denunciado las relaciones Iglesia Católica-Estado, “exaltando la injusticia” que contienen las establecidas actualmente que tienen arruinado al país. Ja, ja. Yo creo que, en parte, nos van a hacer un favor. La Iglesia nunca será libre hasta que no se autofinancie y viva solo de las aportaciones de sus fieles. Conste que esto traería consigo un detrimento de la conservación y mejora del patrimonio eclesial, el cual deberá subrogarse a la “buena voluntad” de los gobernantes de turno. Pero menos había en el portal de Belén.

Los católicos deberemos, en este caso, de aflojar nuestras carteras y ayudar, de verdad, al mantenimiento de nuestra Iglesia. Dejarnos del “eurito” dominical en Misa y darnos cuenta que nuestras comunidades eclesiales dependen de nuestras aportaciones. No pasará nada irreparable. El Papa Francisco nos dice en la Evangelii Gaudium en el punto 87: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres. Ellos tienen mucho que enseñarnos”. Jesús quería que la Iglesia fuera pobre; los políticos nos van a ayudar a conseguirlo.

Nos lo han puesto fácil. Al final solo es dinero.