Hace varios días me invitaron a hablar de la pobreza en un encuentro con mi comunidad. Hablar de la pobreza ajena es fácil. Mucho más fácil que vivirla en tus propias carnes. Por eso, a todos se nos llena la boca hablando de “la pobreza” en general. Como si se tratara de algo ajeno que podemos observar desde fuera. Ocupándonos, preocupándonos, pero sin involucrarnos.

Mi reflexión fue por la búsqueda, análisis y atención de tu pobre. Ese al que solo puedes aliviar tú. Para nosotros es muy fácil dar una moneda o un billetito en la Eucaristía; pagar una cuota en Cáritas o en la ONG que decidamos; dar el kilo de arroz al pobre de la puerta del supermercado; etc. Lo complicado es que nos demos a aquél que nos necesita y que tanto trabajo nos cuesta atender. Posiblemente está muy cercano a ti. Es tu marido o esposa, tu hij@, niet@, tu herman@, tu vecin@. Aquél a quien un día “juraste” no volver a mirar a la cara y está pendiente de tu actitud para encontrar la paz.

Tenemos que hacernos pobres. Es decir, desprendiéndonos, en primer lugar, de nosotros mismos, de nuestra prepotencia, de nuestro orgullo y de “nuestra razón”. Después de darnos, tenemos que dar nuestro conocimiento, nuestra alegría, nuestra amistad y “supra tutto” nuestra pasta. La nuestra propia. La que no van a incluir en nuestro último viaje.

Nuestro pobre, casi siempre, carece de razón, de argumentos, de ganas de trabajar. Es un borde, inaguantable y mal encarado. Es fe@ y mal vestido. O todo lo contrario. Pero es el nuestro.

Yo he descubierto que al primer pobre que tengo que ayudar lo tengo dentro de mí. Soy yo mismo. Me tengo que liberar de lo que me sobra para ser feliz y, consecuentemente, hacer feliz a los demás. Después tengo que seguir por el prójimo-próximo. Finalmente me tengo que entregar a los demás. Me parece que es una tarea muy larga. Que no me va a dar tiempo. Razón de más para que empiece ahora mismo.