No ha sido la fiesta de las calabazas la que ha robado la inocencia a los niños... Hemos sido nosotros los que, tras quitarles la esencia de su infancia, los abocamos a caer en situaciones marcadas por lo más miserable de la condición humana.
Halloween es “la fiesta” de la infancia de hoy. Seducidos por disfraces y “chuches”, padres e hijos hacemos nuestra la tradición de celebrar la noche de los muertos vivientes, y entre brujas y telarañas, vendemos nuestra alma a la diversión. Seguro que tú también has notado que, en la actualidad, la diversión se ha tornado un valor supremo. Si hay diversión, ¿por qué no puedo tirarme de un puente? ¿O molestar a los vecinos? ¿O borrar del mapa los valores que sustentan nuestra civilización? Ni la propia seguridad, ni el respeto al otro, ni siquiera la coherencia de vida pueden ganar esa batalla. “¡Tengo derecho a divertirme!”
Sin embargo, hay algo que me da más miedo que fiestas importadas e impostadas en pro de la diversión. Observo que, en cuanto levantan unos palmos del suelo, nuestros pequeños hablan de sexo sin pudor, juegan a la violencia constante y son capaces de proferir insultos que nunca antes había escuchado. Como decía la canción, ni siquiera las niñas quieren ya ser princesas, sino una “Monster High”. Quizás son los hijos de la posmodernidad, y su gusto se inclina por lo feo y lo sucio, en lugar de aspirar a valores que eleven el alma y les animen a hacer mejor el mundo en que vivimos.
No. No soy partidaria de Halloween, pero he de reconocer que no ha sido la fiesta de las calabazas la que les ha robado la inocencia... Hemos sido nosotros los que, tras quitarles la esencia de su infancia, los abocamos a caer en cientos de "halloweens", situaciones marcadas por lo más miserable de la condición humana. Y no nos engañemos. Nuestros niños no están más espabilados que antes; son, eso sí, menos inocentes. Y eso, en mi opinión, sí que es como para echarse a temblar.
