Chicas extremadamente jóvenes, algunas con apenas quince años, han sido rescatadas de la esclavitud. Da escalofrío admitir que eso ocurre cada noche con la complicidad de una sociedad confortablemente enquistada en aquello de “cada uno a lo suyo”
La última redada antimafiosa de la policía española ha sido muy exitosa, bastante más que las inmediatas anteriores. Chicas extremadamente jóvenes, algunas con apenas quince años, han sido rescatadas de la esclavitud. Se las obligaba a prostituirse para beneficio de la “organización” cuyas cabezas directoras, los verdaderos jefes, permanecen en el más oscuro anonimato protegidos por el poder y el dinero.
Da escalofrío admitir que eso ocurre cada noche con la complicidad de una sociedad – la de “la indiferencia” – confortablemente enquistada en aquello de “cada uno a lo suyo”.
Un pensador contemporáneo, periodista en ejercicio hasta el final de su vida, decía: «Bajo una capa llamada "civilización progresista" hemos fabricado la charca más grande y pestilente que nunca conocieron nuestros antepasados».
Es la charca donde gritan justicieras nuestras feministas. Ojo, contra el insoportable concepto filológico “hembra-mujer” mientras en la Casa de Campo de Madrid miles de hembras, con perdón, tiritan en minifalda, durante los eneros de hielo, estrechamente vigiladas por protectores al tanto por ciento.
¡Ah! Eso es en Europa. En la India, por ejemplo, se les da a las niñas sustancias ganaderas para que engorden y aparezcan apetecibles, supuestamente sanas, al gusto masculino de la zona.
Volviendo a lo de antes; leo que una de las muchachas rescatadas en la exitosa redada apareció en cierto “polígono” de Málaga. Será repatriada en cuanto terminen los trámites judiciales ¿De qué la han salvado? Llegó del infierno, anduvo en él y allí volverá. Con los trámites hay que ser muy rigurosos; se trata de seres humanos. Me enorgullezco de pertenecer al mismo grupo en el que militó San Pablo, discípulo de Jesucristo. Hace dos mil años salió diciendo que ya no hay hombres ni mujeres sino que todos son iguales en el Señor. ¡Qué cosas!
