Las cifras hablan de casi ochocientos navegantes en la barcaza de Lampedusa. El mar es muy grande y no entiende de contabilidades. Sólo Dios lleva las cuentas.
La tragedia de Lampedusa ha producido una lógica conmoción en el mundo entero. Unos doscientos africanos perecieron cuando bordeaban ya esta tierra en la que -¡hay que ver!- se come tras veces al día. Venían a bordo de una barcaza temblona por la que habían pagado, a unos cuantos mercaderes de carne viva, el precio de la esperanza.
¿Cuánto vale la entrada a este paraíso dificultoso y escurridizo con guardianes expertos en las fronteras? ¡Vaya usted a saber! Depende de la época. En los inviernos bajan mucho los precios. Este mercado es muy oscilante y difuso; ni, siquiera la cifra total de muertos queda clara todas las veces. Por ejemplo, ahora, unas fuentes hablan de doscientos y otros de doscientos cincuenta. Tampoco hay acuerdo sobre el número de navegantes en la barcaza. Casi ochocientos dicen; el casi no tienen importancia. Al fin y al cabo… El mar es muy grande y no entiende de contabilidades. Sólo Dios -¡Dios mío!- lleva las cuentas. Sólo Dios.
Es que esta sociedad infame se montó a partir de la doctrina de Jesús. Él nos enseñó que hombres y mujeres son lo más importante de la Creación. ¡Fíjate que Él mismo se hizo uno como los demás!
No sé , hombre, si con tanto muerto van a cambiar algo las cosas. Ya que estamos en esta isla, recordemos a un un escritor homónimo, Tomás de Lampedusa, autor de “El Gatopardo”; dijo que «era necesario cambiar algo las cosas para que todo siga igual». ¡Qué sé yo!
Como iba diciendo, esta sociedad se fundó sobre la doctrina del Señor Jesús. El no tenía donde reclinar la cabeza. Los ciento y pico muertos por mor del hambre, ya tienen un lecho de algas en el fondo del mar.
¡Que descansen en paz!
