España es tierra de “vuelta atrás”. Muchos hispanistas nos han bautizado como país “cainita”. Gente que no olvida
De nuevo alguien actualiza la guerra civil española; una jueza argentina -no sabemos a sugerencias de quién- solicita la extradición de dos expolicías tristemente célebres en la posguerra. Resulta difícil comprenderlo; todo aquello ha quedado fuera de cualquier acción judicial, prescrito bajo el inteligente manto de olvido que dictó la “transición”.
Las guerras civiles y las difíciles posguerras tienen siempre, bajo envolturas de justicia, el amargo sabor del odio. O, quizá, del oportunismo envuelto en acción justamente reivindicativa.
La guerra civil española ha salido ya del ámbito de los tribunales de justicia para entrar en la congelación de la historia. Revivirla, como quieren algunos, es convertir en podredumbre lo que ya es poco más que recuerdo doloroso. Los recuerdos son sólo patrimonio del tiempo. Sólo eso.
En fin, la petición de la jueza argentina no pasaría de anécdota si, tras ella, no se vislumbraran residuos, afortunadamente pequeños, de una herida más politizada que política, que algunos, pocos, no quiere que cicatrice.
Antes de esta insólita petición se han producido varios intentos de abrir de nuevo lo que los padres de la Constitución quisieron tapar para siempre.
España es tierra de “vuelta atrás”. Muchos hispanistas nos han bautizado como país “cainita”. Gente que no olvida. Ignoro si la historiografía lo señala así o es sólo un slogan, una etiqueta falsa. ¡Vaya usted a saber! Pero es cierto que los odios tienden a cristalizarse en nuestro país y que esta nación ha atravesado los caminos del pasado, los más dolorosos, en carne vida, en permanente actualidad. España ha caminado siempre dividida en dos. Advertía Machado a los nuevos españoles: “Te guarde Dios; una de las dos Españas ha de helarte el corazón” ¿Terminaremos alguna vez con la dualidad del rencor?
