El abuel@ ha dejado de ser el “abuelit@” que se conservaba en un rincón de la casa como una especie de icono. Ahora es un pilar de la economía, un bastión de la logística y uno de los puntos más fuertes y estables de la institución familiar.

La cruz de los mayores

Ya no se cree nadie aquella imagen bucólica de los abuelitos sentados al amor de la lumbre, o de cháchara en los parques con “colegas” de su generación. Hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad y, consiguientemente, la situación ha variado de una forma ostensible. Por consiguiente, los mayores, debemos estar muy atentos ante las nuevas situaciones y copiar de como nuestros ancestros se han ido enfrentando con dichas alternativas.

Para empezar, debemos aceptar que la expectativa de vida de nuestra generación ha visto duplicada su cifra, con la consiguiente falta de preparación de todos para aceptar ese cambio en la situación económica, cultural, familiar y de ocio. El abuel@ ha dejado de ser el “abuelit@” que se conservaba en un rincón de la casa como una especie de icono. Ahora es un pilar de la economía, un bastión de la logística: comprar, llevar, traer y acompañar nietos, cocinar, etc., y uno de los puntos más fuertes y estables de la institución familiar.

Los primeros que no estamos preparados para estos cambios somos los propios protagonistas. Cada día nos tenemos que enfrentar con los cambios generados en la jerarquía de valores, hacer de padres-abuelos o de abuelos-padres y convivir con los nuevos modelos de familia. Todo ello trae consigo situaciones tan duras como ruedas de molino que hay que intentar asumir con alegría y comprensión. Todo esto, si no se está lo suficientemente fuerte y preparado, va minando tu felicidad y hace peligrar tu equilibrio emocional y familiar.

Estamos acostumbrados a que cada generación mejore a la anterior en todos los aspectos; especialmente, en la situación económica, los conocimientos y la calidad de vida. A nuestra puñetera generación se le ha trastocado este discurso por completo. Pero tenemos que vivir en la esperanza. Todas los interpelados acaban concluyendo que cualquier tiempo pasado fue mejor en general, aunque con matices. Esto tiene que variar. Espero que prevalezca la cordura y volvamos a salir de este impasse, lo que nos lleve a una situación menos complicada.

Mientras tanto, a llorar como Jeremías, sacar la paciencia de Job y salir del vientre de la ballena -en la que te gustaría esconderte- como Jonás. En una palabra: recurrir al agua y ajo. Y llevar la cruz con dignidad.