Acaba de publicarse una estadística capaz de quitar el sueño a una sociedad menos adormecida y masificada que la actual: las llamadas drogas de diseño se imponen con rapidez y significativo aumento en amplias capas de la población juvenil.

La puerta de atrás

Acaba de publicarse una estadística capaz de quitar el sueño a una sociedad menos adormecida y masificada que la actual: las llamadas drogas de diseño se imponen con rapidez y significativo aumento en amplias capas de la población juvenil.

Este tipo de droga es extremadamente peligrosa porque se componen de elementos lícitos en el mercado que luego sufren alteraciones químicas difíciles de detectar. Debido a ello tienen precios baratos moderados; no es preciso sufragar gastos de clandestinidad, o sea, mafias dedicadas a su transporte y distribución. Algo así como la cuadratura del círculo en el mundo de la drogadicción. Todo esto no ha ocupado lugar medianamente relevante en, al menos, las páginas de “Sociedad” de Periódicos, Radios y Televisiones.

En medio de este mundo inerte, ahíto de sensaciones, cabe hacerse una pregunta, ¿por qué? ¿Por qué nuestros muchachos precisan drogarse?

No hay más que una respuesta que, quizá, muchos eruditos sociólogos imputen de ingenua o, quizá, de reducción a la simplicidad. Ahí está: hemos perdido el horizonte de la trascendencia. Dicho de otra forma, somos un tranvía sin llegada, una carrera a ninguna parte. Pero vivir sin final es inhumano, es perder el estimulo de la marcha mientras marchamos.

Una tortura nazi consistía en cargar sacos de arena, llevarlos a un monte y descargarlos cuesta abajo para, luego, repetir la maniobra. Ese puede ser el símbolo de esta sociedad que ha roto las exigencias del los “porqués” que reclama el alma humana. Volver atrás, sentir a Dios en los caminos de la vida, llenar el corazón con las demandas del espíritu… o llenar las mentes con productos de laboratorio.