El pueblo catalán es dueño de su destino. Pero los pueblos pueden sufrir enfermedades colectivas. Una de ellas es la desmesura de los sentimientos.

La Diada

Lo preocupante no es que una determinada mayoría del pueblo catalán quiera separarse del resto de España; la inquietud nace de la violencia que pueda generar el proceso. Toda patria es la expresión de un sentimiento que conduce a la autoapreciación desmedida en perjuicio de los demás. La Patria es un concepto indefinible relativamente reciente. Nace cuando, tras la Revolución francesa, el rey que personificaba toda realidad nacional, cede su patrimonio al pueblo soberano: “Al rey la hacienda y la vida se han de dar”, dice el alcalde de Zalamea, aquel inolvidable personaje de Calderón de la Barca. El rey es la expresión viva de la Patria que, después pasa al pueblo soberano. Nada define más nuestra época contemporánea que esa frase: el pueblo soberano.

El pueblo catalán es dueño de su destino. Pero los pueblos pueden sufrir enfermedades colectivas. Una de ellas es la desmesura de los sentimientos. De todas maneras, los catalanes están en su derecho. Lo malo, insisto, es “el camino”. Durante la “Diada” se produjeron dos hechos significativos; la reaparición de “Terra llure”, aquel grupo, émulo de ETA, que creíamos desparecido, y la invasión por un grupo ultraderechista español de la delegación de la Generalidad en Madrid. La violencia mancha cualquier acto humano. Y el nacimiento de una patria envuelto en sangre emborrona toda su trayectoria posterior.

Por otra parte, este occidente caduco y vacio de ideologías, sabe donde terminaron los patriotismos que precedieron a la segunda guerra mundial. Conoce hasta dónde puede llegar la prepotencia de una etnia que, falsificando su propia historia, termina por creerse superior al resto. La vida humana es única, Dios se hizo hombre, un ser humano vale mucho más que millones de patrias encadenadas. Pido al Señor que cualquier cosa que suceda, se apareje en paz y bien para todos.