Cada etapa histórica ha planteado unos valores diferentes a los anteriores o, si lo prefieren, una manera de entender la vida desde “otras razones” La nuestra es la etapa de la vaciedad y la hipocresía.

Más bajito, hombre

Se va una época. Mil señales lo evidencian. La Historia es caprichosa y movediza; se sucede a sí misma cuando las generaciones llegan a la pedante conclusión de que ya lo saben todo de sus respectivos “presentes y pasados”. Es lo que ocurre en este momento. Con una salvedad: cada etapa histórica ha planteado unos valores diferentes a los anteriores o, si lo prefieren, una manera de entender la vida desde “otras razones” La nuestra es la etapa de la vaciedad y la hipocresía.

El noble arte de la política lo inunda todo pero desprovisto de nobleza. Siempre se ha admitido la mentira como moneda común en los caminos que conducen al poder pero el poder mismo jamás ha sabido cubrir la verdad –o lo verdadero- de manera tan eficiente.

Toda España espera a Rajoy en el Congreso. Y, sin duda, tiene pendiente una explicación. El pueblo, al que suelen llamar soberano, pide a su máximo gobernante que dé pelos y señales de la administración del dinero público y de las artimañas de las que se ha valido su ex tesorero o ex gerente o no sé qué para amasar una cuantiosa fortuna. Los políticos son, claro, los que ganan en decibelios. Nadie grita con mayor contundencia que un político supuestamente enfurecido por un ataque justiciero. Lo malo es que sólo gritan a coro al final de la partitura. Por ejemplo todo político sabe que ni un solo partido se ha financiado correctamente. Todo responsable de partido conoce que el diferencial entre lo que se tiene, y lo que se gasta haría estallar la cabeza de cualquier contable empeñado en cuadrar la más pequeña de las cuentas. Y eso así, de manera normal, quiero decir habitual. ¿Por qué entonces la algarabía? Una pregunta tontorrona, ¿existe un atribulado –alguno- que recibiera del Banco el perdón de una deuda? Hombre, podríamos seguir pero no me dejan que haga el articulo demasiado largo. En fin, que está bien el griterío pero las rupturas de vestiduras resultan obscenas.