Al atardecer del martes, un año más, me acercaba a la playa del “Rincón” para acompañar a la Virgen María en su advocación más marinera.
Al atardecer del martes, un año más, me acercaba a la playa del “Rincón” para acompañar a la Virgen María en su advocación más marinera. A fin de no perder la concentración mientras luchaba con una multitud para poder seguir las Eucaristía en un templo atiborrado de fieles, me puse a rememorar mis relaciones con la Virgen del Carmen a lo largo de muchos años. Tres hechos puntuales acudieron a mi memoria.
El primero sucedió hace más de treinta años. Vivíamos en la playa del Rincón, en la plazoletilla del “aquí t’áspero”, justo al lado de la vía. Cuando llegaba a casa se me cruzaron dos chavales en una moto que chocaron contra mi coche y volaron por encima de él hasta el asfalto. Para matarse. Me tiré toda la noche en el Hospital hasta que me informaron de que solo tenían unas contusiones y esperé con ansias la apertura del templo rinconero para darle las gracias a la que había escuchado mis oraciones.
La segunda fue el 16 de Julio de 1987. Ya ha llovido. Esperábamos nuestro octavo hijo. Con alegría y con miedo. Como todos. Los “listos” de siempre, nos habían dado todas las recomendaciones y reprimendas que ni queríamos, ni les habíamos pedido. Al ver pasar por delante de nosotros el trono (una barquita) de la Virgen marinera, nos pusimos de acuerdo inmediatamente. Esta se llamará Carmen. Y hoy Carmen, mi octava hija, es una matrona, sin plaza, que ayuda a nacer niños y a criarlos cuando la contratan.
No hay dos sin tres. Un día de principios de julio del año 2000, el año del Jubileo, otra hija mía, Ana Pilar, se encontró con una peritonitis galopante que se comía sus entrañas. Operación a vida o muerte, días en la UVI, difícil recuperación y una fea cornada en el vientre que aun persiste. Nuestro consuelo: una Virgen del Carmen que se trasladaba a la Catedral de Málaga con motivo del jubileo. Yo andaba por allí coordinando voluntarios y recibí de la imagen una sonrisa especial de complicidad.
Tres casualidades, pueden pensar muchos. Pero a mí, cuando escucho la Salve marinera en las voces de los hombres de la mar, se me siguen escapando las lágrimas de agradecimiento a esa Madre que nos acompaña y nunca nos abandona. Casualidades. Jamón de casualidades que decía D. Ángel Rodríguez Vega.
