La felicidad no depende las dimensiones de la “enseña” nacional sino de la solidaridad.

Chupinazo

Todo estaba preparado para el “chupinazo”. La plaza pamplonica esperaba alegre el tradicional comienzo del “San Fermín”. Las fiestas populares, callejeras, extrovertidas son el último infantilismo que le queda a esta sociedad sofisticada y decibélica que tiene la obligación de divertirse aunque no se lo pida el alma.

Una Ikurriña descomunal tapaba los balcones del Ayuntamiento desde donde habitualmente suena el primer grito festivo. Pero una inesperada Ikurriña introdujo el desencanto. El sabio Ortega y Gasset tenía dicho: «es inmoral abstenerse en política, pera es una estupidez politizar la vida.»

Quitaron la bandera, sonó el “viva y el gora a San Fermín” pero el recuerdo de una supuesta patria irredenta no se disipa con la misma velocidad que un símbolo de colores. Y en la calle siguieron los sinsabores patrióticos.

¡La Patria! Detrás de esa bandera hay casi mil personas muertas, un montón de inválidos. Nunca podré olvidar aquella foto en televisión de Irene Villa, marchando hacia el ilusionante momento de su matrimonio sobre dos piernas ortopédicas.

¡La Patria! En cualquier caso, una federación mundial de patrias con mil banderas ondeando a todos los vientos cardinales vale mucho menos que un niño ruandés comiendo pan seco sobre el escalón de algún lugar de su patria africana.

No entiendo por qué es tan difícil darle la patria a sus respectivos patriotas. La patria es una reivindicación antigua. Sobre decimonónico altar de la patria han muerto, han sufrido millares de personas sin percatarse por qué.

¿Es un sentimiento? Los sentimientos son peligrosos, van más allá de la razón, no dependen de las neuronas ni de las banderas sino del número de cañones o bambas nucleares con que cuenten los patriotas. Pero, con todo, no es eso lo peor. El sentimiento patriótico va sutil y casi imperceptiblemente unido a la conciencia de raza, de pueblo superior. De esta manera, como acabo de decir, un negrito de Burundi sería menos importante que otro rubito de Alemania.

Las patrias son invasoras. Por ejemplo, la Ikurriña de San Fermín entró a saco contra el do-re-mi de un arcaico e inofensivo pasodoble.

Los pueblos buscan, al menos teóricamente, la felicidad de la gente que se agrupa bajo una bandera. Pero la felicidad no depende las dimensiones de la “enseña” nacional sino de la solidaridad. El Señor Jesús llamó, hombres, mujeres, niños y les dio una consigna, no una bandera: «amaos los unos a los otros como yo os he amado».